Hoffmeyer, la semiótica y el naturalismo (1)

Felipe Aizpún

Jesper Hoffmeyer es un significado representante de la moderna escuela de biosemiótica escandinava. Profesor Emérito del departamento de Biología Molecular en la Universidad de Copenhague, comenzó sus investigaciones en bioquímica por los años 70 del pasado siglo pero poco a poco fue decantando sus inquietudes hacia la teoría biológica y en especial hacia la biosemiótica. En sus propias palabras, la biosemiótica se refiere a los procesos de la vida en los que sistemas vivientes identifican e interpretan estados ambientales o acontecimientos como signos (visuales, olfativos, auditivos etc.) utilizándolos para guiar sus actividades. Con independencia de los comportamientos interpretativos que corresponden a animales superiores con facultades perceptivas y psicológicas, lo que constituye el más excitante desafío de la semiótica de la vida son los procesos de interpretación sobre la base de códigos orgánicos que afectan a la biología molecular. Como añade Hoffmeyer, no hay vía de escape: la semiótica no puede reducirse a bioquímica, sin dejar de estar ambas inseparablemente unidas.

Pero una de las características de la corriente de pensamiento desarrollada por esta escuela es su compromiso firme y decidido con el paradigma naturalista. La vida no puede ser entendida sin dar cuenta de los procesos semióticos que la gobiernan, pero al mismo tiempo, se nos dice, los procesos semióticos han de ser entendidos como eventos estrictamente naturales. ¿Es realmente esto posible?

Hoffmeyer es uno de los autores escogidos por Paul Davies y Niels Gregersen para contribuir a su libro reciente “Information and the Nature of Reality”, y lo hace con un artículo titulado “Semiotic Freedom: an emerging force”. Vale la pena comentar sus propuestas y conclusiones.

Hoffmeyer empieza su artículo con una afirmación que, parafraseando a Dobzhansky, reivindica: “Nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la Información”. Luego nos informa de que, una vez establecido por Francis Crick el dogma central de la biología “una vez que la información ha pasado a las proteínas no puede volver atrás de nuevo” (el flujo de la información es unidireccional) sólo nos queda analizar y describir un tal proceso: nos encontramos ante la existencia de “información secuencial”, la cuál es “replicada”, “transcrita” y “expresada” por los genes. Luego, la información es “procesada” o “editada” al “migrar” desde el núcleo hasta el citoplasma donde es finalmente “leída” por el ribosoma que la “traduce” en proteínas. Este proceso, así descrito en términos que algunos tenderán a descalificar por su marcado carácter antropomórfico no es en realidad un relato metafórico sino estrictamente descriptivo y nos enfrenta a lo que Hoffmeyer no duda en definir como la inherente intencionalidad de la información biológica.

Hoffmeyer concede en su artículo la legitimidad de muchas críticas del movimiento Diseño Inteligente al tradicional recuento darwinista de la historia evolutiva de las formas vivas, pero, al igual que James A. Shapiro en su nuevo libro, pretende postular una tercera vía, en su caso la propuesta biosemiótica Es importante entender lo que el ya recurrente discurso de la “tercera vía” quiere decir; se trata de admitir que el darwinismo es un modelo fallido, pero que existen alternativas que nos permitirían reclamar la supervivencia del paradigma naturalista sin el apoyo científico de la teoría darwinista de la evolución.

La biosemiótica introduce el concepto de “signo” en la biología, es decir, un objeto, “algo”, que se refiere a (o representa) otra cosa distinta de sí mismo. Las secuencias del ADN constituyen auténticos signos que son interpretados por la maquinaria molecular del ribosoma para la construcción de proteínas, los bloques de la vida, y ello según una relación arbitraria, puramente formal que denominamos código genético y que no puede ser reducida a reacciones físico-químicas. Entender las causas últimas que gobiernan estos procesos es el desafío más importante para el pensamiento racional en la actualidad.

Hoffmeyer establece con acierto que los signos no pueden ser identificados con el concepto aristotélico de causa eficiente ya que su efecto depende de un proceso de interpretación, el cuál puede además, a veces, resultar fallido. La metafísica del determinismo resulta cada vez más difícil de sustentarse en el conocimiento científico más avanzado; pero si la complejidad de las formas de organización que presentan los seres vivos no son el resultado insoslayable de algún tipo de fuerza o ley de la Naturaleza, entonces debemos reconocer que dicha organización es la resultante de procesos que todavía no hemos descubierto.

Hoffmeyer no duda en resaltar lo que es, en realidad, la gran contradicción del discurso naturalista en nuestro tiempo. Por una parte el darwinismo se nos ofrece como el triunfo del mecanicismo sobre la teleología, la gran iluminación que permite justificar la existencia de diseño sin diseñador, el descubrimiento grandioso de la falta de propósito o finalidad en el cosmos. Por otro lado sin embargo, el modelo darwinista, inspirado en las teorías de Malthus y Spencer, se sostiene sobre un pilar imprescindible, la existencia de seres vivos convertidos en “agentes” que luchan por la supervivencia, que modifican su entorno para buscar la completitud de su propia existencia. La finalidad es una característica inevitable de los seres vivos, un dato de la realidad, observable y empíricamente constatable. La selección natural, no puede justificar esta insoslayable tendencia finalista de los organismos vivos, ya que ésta actúa como presupuesto de aquella.

Pues bien, los esfuerzos de Hoffmeyer por explicar el sentido finalista de la vida toman un sesgo sorprendente cuando concluye que es precisamente la perspectiva semiótica en sí misma la que puede ser propuesta como solución emergentista para el desarrollo de la complejidad de las formas vivas. En concreto, dice lo siguiente: “la emergencia semiótica puede ser una alternativa válida a la selección natural como mecanismo para explicar la evolución del comportamiento finalista de los seres vivos”. Además, añade, una explicación de esta naturaleza nos permite integrar perfectamente al ser humano y sus especiales características unitariamente en el proceso. Hoffmeyer acuña así la expresión “causalidad semiótica” como mecanismo que produce efectos a través de un proceso de interpretación.

Lo más interesante de este trabajo de Hoffmeyer es que el autor es perfectamente consciente de que sus indagaciones se mueven en el corazón mismo del debate sobre la trascendencia y el materialismo. Con su propuesta, de forma manifiesta declara su propósito de frenar la reivindicación de la legitimidad de la inferencia de una inteligencia creadora en el origen de la vida. Por una parte declara abiertamente que el neo-darwinismo resulta incapaz de explicar la evolución, en nuestro planeta, de seres humanos conscientes y provistos de sentimientos morales. La biosemiótica, nos dice, puede en cambio justificar la aparición de tales criaturas por procesos estrictamente naturales.

Citando a Deacon y Sherman, Hoffmeyer nos recuerda que la carga de la prueba para explicar cómo procesos teleológicos, y comportamientos claramente intencionales pueden surgir en ausencia de una causalidad inteligente recae necesariamente sobre la clase científica que lo pretende. Para ello nos ofrece la semiótica de la vida como un recurso capaz de “rescatar” (sic) a la ciencia de la necesidad de verse abocada a aceptar la perspectiva creacionista tradicional. Algo, se entiende, en lo que el modelo darwinista imperante en el último siglo y medio ha fracasado. Y termina su artículo con un párrafo que vale la pena citar literalmente:

El presente autor permanece agnóstico en relación a la existencia de una deidad trascendente o inmanente, pero señala que dicho agnosticismo habría sido difícil o imposible de mantener de no haber sido por la solución biosemiótica al difícil problema de la intencionalidad natural. En la clásica imagen científica de un mundo regido por leyes naturales inamovibles, sólo una deidad podría haber creado seres tan poco “naturales” como usted y yo.

Nos corresponde ahora analizar, en qué medida, los esfuerzos de Hoffmeyer por mantener su agnosticismo pueden considerarse convincentes (continuará)

2 Respuestas para Hoffmeyer, la semiótica y el naturalismo (1)

  1. La popular incoherencia naturalista. Voy a probar que todas las causas son estrictamente naturales sin intervención de ningún tipo de inteligencia, porque las causas naturales TIENEN que ser por si solas el motivo de nuestra existencia.

    El señor este, que propone la biosemiótica cómo mecanismo natural para la teleología de los seres vivos, no explica NADA porque querría explicar la teleología, con más teleología.

    Me explico:

    El amigo dice que la biosemiótica resuelve el problema de la teleología, pero la biosemiótica en si misma implica teleología. ¿Entonces? NO EXPLICÓ NADA. Una excusa del tamaño de los límites superiores de la estupidez humana.

    La explicación que debería de darnos es el por qué de esos signos teleológicos.

    Creo, que como siempre, tratan de evitar la mejor explicación, la respuesta más coherente y racional, la posibilidad que más se sigue de lo que observamos, y que todos nosotros sabemos cuál es.

    Saludos cordiales.

  2. Después del darwinismo vendrán otras cosas, todas con el fin de no aceptar el diseño inteligente. Dirán verdaderas chorradas, pero las dirán en el nombre de la “ciencia”, para evitar que la gente crea que fuimos creados por un diseñador inteligente.

Deje una respuesta

Leer entrada anterior
Entrevista con Michael J. Behe

Michael J. Behe es profesor de ciencias biológicas de la Universidad Lehigh, en Pennsylvania. Recibió su doctorado en bioquímica de...

Cerrar