Evolución y Teleología (2)

Felipe Aizpún

Así por lo tanto, y una vez establecida la legitimidad de reivindicar un sentido finalista de la realidad, cabe preguntarse si existen en el devenir del Universo, huellas para invocar un sentido finalista a la existencia, y en particular a determinados procesos verificables en el Universo como puede ser la evolución de la vida y de las formas vivas y cuáles deben ser lo signos suficientes para una tal invocación. Creo que en este sentido un buen ejemplo resulta mucho más didáctico que un centenar de justificaciones, por lo que me permitiré traer a colación unos párrafos extraídos del trabajo “La Ley de la Conservación de la Vida: Por qué la Evolución Darwiniana no puede generar Información Biológica”, cuyos autores son William Dembski y Robert J. Marks II.

“Ciertamente es parte de la mitología popular asociada con el Darwinismo que se trata de una teoría no-teleológica. En la Sección 1 citábamos a Jerry Coyne en este sentido. Citas similares aparecen en toda la literatura darwinista. Pero ¿cómo sabemos que la evolución es no-teleológica o que cualquier teleología al respecto debe ser científicamente inverificable? Imagínese estar en un barco antiguo y observando un piloto al timón. El barco atraviesa por aguas turbulentas y alcanza puerto. Usted concluye que la trayectoria del velero ha sido teleológica. ¿Por qué? Dos razones: usted ha visto a un piloto controlando el timón, a quien, independientemente, usted conoce como un agente teleológico; además usted ha sido testigo del comportamiento del velero orientado hacia la meta de alcanzar la vuelta a casa.

Imagine ahora una variante de esta historia. Un antiguo marinero sube a bordo de un barco del siglo XXI completamente automatizado, de forma que un ordenador controla directamente el timón y guía el barco a puerto. No hay otro ser humano a bordo a excepción del marinero. Carente de una formación tecnológica, no tendrá evidencia directa de un agente teleológico guiando el barco, ningún piloto del tipo que él conoce resultará evidente. Y sin embargo, al ver el barco atravesando rutas difíciles y encontrando su rumbo a puerto por exactamente la misma ruta que siguiera con barcos antiguos guiado por pilotos humanos, él podrá consistentemente concluir que algún propósito está guiando al barco incluso aunque no pueda descubrir evidencia empírica de un agente teleológico personificado al timón.

Ahora, la Ley de la Conservación de la Información (LCI) nos aporta conclusiones complementarias. De acuerdo con ella, cualquier proceso de búsqueda que exhibe información por localizar exitosamente un objetivo debe haber sido programado con no menos de lo que llamamos información activa. Así, pertrechado con la LCI, nuestro antiguo marinero, a pesar de sus carencias tecnológicas, puede razonablemente inferir que un agente teleológico había puesto la información activa suficiente  en el barco (al fin y al cabo el barco no es eterno y por lo tanto la información no podía haber residido en él desde siempre). Como el anciano marinero, no estamos en posición de, como quiera que fuese, abrir la escotilla del Universo y ver exactamente cómo la información que dirige el proceso evolutivo ha sido programada (no más de cómo el marinero puede inspeccionar la computadora del barco y ver cómo fue programado). Pero la LCI garantiza que la programación que inserta la necesaria información está necesariamente ahí en ambos casos.”

Hace algún tiempo recogíamos en estas páginas las conclusiones del científico francés Pierre-Paul Grassé en torno al sentido finalista del proceso de la evolución de las formas vivas.

Aquí y aquí podemos leer las razones que llevaron a Grassé a concluir que la evolución sólo puede ser correctamente comprendida en vistas a la consecución de un resultado predeterminado. Grassé nos propone muchos ejemplos de características observables en los seres vivos y su transformación que apuntan a la existencia de un proceso encaminado a una finalidad preestablecida. Tal como comentábamos en los dos artículos reseñados entre ellos figura por ejemplo el proceso que lleva a la aparición de los organismos heterótrofos, es decir, organismos que perdieron la capacidad para la realización de la fotosíntesis; otro ejemplo es la aparición paulatina y aparentemente dispersa o injustificada en distintos organismos predecesores, de los rasgos y sistemas que caracterizan a la clase de los mamíferos. En definitiva nos presenta el recuento de una gran cantidad de equipamiento “pre-adaptativo” en muchos organismos que sólo puede ser concebido como ejemplo de mutaciones “premonitorias” a la vista de los acontecimientos posteriores en el tiempo que arrojaron la aparición de organismos de creciente complejidad y diversidad.

La perspectiva finalista se nos ofrece por lo tanto con dos dimensiones diferentes. Por una parte como la intuición clásica de la finalidad inmanente de los organismos vivos individualmente considerados, tal como nos ha sido reportado desde Aristóteles hasta Kant (objetos naturales que tienden a su propio bien). Por otro lado como la sospecha de intencionalidad inherente a un proceso u ordenación de acontecimientos en el tiempo que adquieren la plenitud de sentido, no como una sucesión de eventos inconexos, sino a la luz de un cierto estado de cosas resultante. Esto último vale tanto para la sospecha de diseño que suscita el “ajuste fino” del cosmos como ámbito favorable para la acogida del fenómeno de la vida, como para el proceso en sí de desarrollo y proliferación armoniosa de las formas vivas en la Naturaleza.

Hemos empezado explicando en un artículo anterior que la perspectiva de finalidad es un acercamiento filosófico a las cosas y que la ciencia, para su desarrollo como disciplina autónoma ha precisado desentenderse de las causas finales y de las causas formales de la realidad. Pero esto no es en absoluto contradictorio sino, más bien imprescindiblemente complementario, con establecer que cualquier planteamiento finalista se sustenta obligatoriamente en el conocimiento científico aplicado a la observación de la Naturaleza y del Universo. Este es el camino para la construcción del conocimiento racional. La ciencia nos proporciona los datos en torno a la realidad; nuestra condición racional nos permite elevarnos sobre las cifras y los datos áridos y fríos, para intuir perspectivas de conocimiento que escapan a nuestra capacidad de verificación.

No existen experimentos críticos que verifiquen o puedan falsar las propuestas finalistas o las intuiciones en torno a la esencia última de lo real. Pretender lo contrario es una simplicidad. Reivindicar con ardor incendiario que cualquier perspectiva teleológica es una pretensión anticientífica y que debe ser rechazada de raíz es una sinrazón extraordinaria.

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