El testimonio paleontológico de José J. Landerer. Parte 2

Cristian Aguirre

En el anterior post expuse un primer extracto del capítulo III del libro Geología y Paleontología de José J. Landerer en la cual manifiesta su visión sobre la evidencia paleontología en el registro fósil de las formas intermedias entre especies. De acuerdo a su dictamen de la evidencia si existen en efecto muchos casos de formas intermedias para grados taxonómicos menores, pero no para grados taxonómicos mayores. En esta segunda parte se presenta un extracto, con los párrafos que siguen a continuación del expuesto en el post anterior, en los cuales Landerer desarrolla argumentalmente su crítica a la visión darwiniana que es capaz de extrapolar dicha evidente evolución observable en el registro fósil hacia todos los grados taxonómicos, es decir, generalizando su poder para explicar la emergencia de todas las especies presentes en la historia de la vida tal como el naturalismo evolutivo hoy lo sostiene.

“Darwin y sus continuadores hacen derivar todos los seres organizados actuales de un tipo primitivo o de un escaso número de tipos extremadamente simples, de los cuales descienden por vía de transformación, no sólo las especies, sino que también los diversos grupos que se han ido sucediendo en la serie de las edades. Para demostrar esta hipótesis, recurren a razones de dos órdenes: unas que pueden considerarse como meras concepciones imaginativas, y otras que pertenecen al dominio de la experimentación y radican, por tanto, en hechos tangibles de legítimo valor, pero cuya interpretación conduce a consecuencias muchas veces opuestas a las que la escuela de Darwin deduce.
Todas estas razones pueden reducirse a los cuatro principios siguientes:

1. La selección natural, según la cual se pretende que las especies eligen o tienden a elegir, para reproducirse o perpetuarse, los tipos similares más perfectos o mejor constituidos. Este principio es, en el fondo, una generalización de la selección artificial, que consiste en el cruzamiento de especies vecinas, dirigido precisamente por el hombre, para producir razas o variedades. Mas esta generalización es completamente arbitraria, porque es innegable que si en el cruzamiento no interviene la voluntad del hombre, las razas dejan de ser un resultado experimental.

2. La lucha por la existencia o competencia vital, consiste en la guerra incesante que se traba entre los individuos de la misma especie o de especies diferentes, que nacen en número demasiado grande para encontrar lugar en el banquete de la vida. La tierra y el mar serían insuficientes para contener y proporcionar alimento a una considerable porción de organismos cuya fecundidad es verdaderamente prodigiosa, si otros seres más vigorosos, más voraces o más astutos no contribuyesen a su parcial destrucción, y sirviesen así de admirable contrapeso a aquel excedente de población animal.

Los darwinistas extreman la aplicación de este principio y suponen que la guerra más encarnizada tiene lugar entre individuos de la misma especie, en razón a que, buscando el mismo alimento, están expuestos a los mismos peligros. De aquí concluyen que los individuos más débiles o peor conformados sucumben al fin al embate repetido de los más robustos. La especie va de este modo expurgándose por sí misma, por la extinción de formas intermediarias, y quedándose con los individuos más fuertes o de configuración más divergente.

El examen de estas suposiciones enseña que ninguna de ellas es bastante fundada. Desde luego, la lucha más tenaz no es la que tiene lugar entre los individuos de la misma especie ni que más se parecen, sino entre grupos distintos; los carnívoros Se alimentan casi exclusivamente de la carne de los herbívoros, los insectívoros de insectos, y a pesar de las innumerables edades que han atravesado los grupos más hostigados, no sólo no han llegado a exterminarse, sino que hoy están ampliamente representados. Sólo el hombre, cuando desoye la voz de la caridad y del deber, tiene el triste privilegio de saber conspirar contra su propia especie, valiéndose de mil medios a cual más execrable.

La lucha por la existencia, tal cual la entienden y aplican los partidarios de Darwin, conduce fatalmente a erigir en ley suprema del orden biológico la ley del más fuerte, y de ilación en ilación, a la destrucción total de los seres, realizada hace tiempo por el más horrible antagonismo. ¿Es ni siquiera concebible que el mundo orgánico pueda estar regido por una ley que entraña la negación de toda relación armónica? La realidad de estas armonías, que brota a cada paso en la naturaleza, la permanencia en nuestros días de grupos inferiores, zoófitos, rizópodos, equinodermos, asteridos, cuya aparición se remonta a los tiempos más antiguos, son hechos que no pueden menos de ser apreciados en su inmenso valor por todo espíritu reflexivo y ser considerados como otras tantas garantías del cosmos.

Observando que los efectos del principio de la selección natural y de la lucha por la existencia han de realizarse entre especies que tienen un mismo hábitat o hábitats poco diferentes, bien se echa de ver que el resultado de la observación es de todo punto inconciliable con ambos principios, pues aunque es verdad que la aparición de seres más complicados que los crustáceos, anélidos y cefalópodos, como lo son los reptiles, aves, y mamíferos, data de épocas posteriores a la silúrica, siempre resalta que estos animales, terrestres en su mayor parte, no pudieron tener sino una acción indirecta y exigua o totalmente nula en la selección y en la competencia por la vida de los primeros, que vivieron casi todos en el agua.

3. El atavismo, en virtud del cual los caracteres de los padres se transmiten a sus descendientes, y tienden a perpetuarse en ellos.

4. La variabilidad. Si esta transmisión tuviese lugar sin que los caracteres experimentasen ninguna alteración, la especie conservaría indefinidamente su forma primitiva, pero en virtud de la variabilidad aparecen diferencias individuales que, a su vez, son transmitidas intactas o nuevamente acentuadas, dando origen a formas que vienen al fin a constituir la raza.

Los darwinistas suponen que este procedimiento es continuo, y consideran a la raza como una especie en vía de formación. Sin embargo, el hecho es que ninguna experiencia actual autoriza a dar por cierta la variabilidad del organismo hasta este extremo, pues si es indudable que, gracias a la variabilidad, se originan las razas, no lo es menos que hasta ahora no ha podido conseguirse que la raza dé origen a nueva especie, concluyéndose en suma que la experiencia de nuestros días no se presta por sí sola a grandes deducciones en este punto. Por lo que concierne a la variabilidad ilimitada admitida en la nueva doctrina, ya se ha visto más atrás que las exploraciones paleontológicas arrojan preciosos datos que hablan muy alto en pro de su no existencia.

Tales son los principios de la escuela darwinista y las objeciones irresolubles que a la exageración de los mismos pueden oponerse. Procediendo en buena lógica, entiendo que los hechos que no arrancan de más lejos que los tiempos históricos, y las experiencias de hoy relativas a la producción artificial de nuevas razas, tienen para el caso una importancia muy limitada, pues es imposible desconocer la violencia que en estos ensayos se hace a la naturaleza para imprimir a las nuevas formas el sello de la perpetuidad, que únicamente se consigue en casos raros y a expensas de un artificio sostenido con trabajo. A poco que el organismo quede abandonado a sus propias fuerzas en plena Naturaleza, no tardan en borrarse los rasgos característicos de la forma nueva, y el regreso al tipo, es decir, la reaparición de la forma que intervino en el cruzamiento inicial, suele ser el resultado definitivo.

Por lo demás, este resultado pudiera haberse previsto teniendo en cuenta un dato que los archivos paleontológicos arrojan, a saber, que las modificaciones de las formas orgánicas necesitan para acentuarse un largo transcurso, puesto que las diferencias no se manifiestan de una manera ostensible sino de un piso a otro, o al menos en capas de gran espesor. Los tiempos históricos son, pues, muy poca cosa para que durante su intervalo haya podido acentuarse de un modo marcado una diferencia esencial.

Esto prueba que si el hombre ha de abordar con fruto el estudio de la evolución, no es ciertamente por el camino de la experimentación actual, ensayando cruzamientos entre variedades o especies afines y sometiéndolas a una evolución forzada en la domesticidad, pues estando necesariamente los progresos realizados de la evolución en función del tiempo, y faltando esta sanción a la experiencia, sólo en los documentos paleontológicos puede encontrarse la confirmación del transformismo y la ley que ha presidido a su progreso desde la primera aparición de la vida. En el terreno de la experimentación pura, el problema del transformismo es, en último término, una cuestión de morfología comparada, y de ahí que tenga que ser planteado y resuelto acudiendo solamente al gran libro de la historia de los seres, cuyas páginas están escritas, una a una, en las capas de la corteza del globo.

Pero si el transformismo se presenta como una verdad bien demostrada, no sucede lo propio con el conocimiento de las causas que lo han motivado. Ni el principio de la selección natural, que la escuela de Darwin invoca en primer lugar para explicarlo, reposa sobre bases sólidas, según se acaba de ver, ni el de la lucha por la existencia, que también se hace intervenir como factor, parece ejercer una acción bastante eficaz y general. No queda, pues, en el orden físico, otra causa eficiente que la influencia climatológica y dinámica que la naturaleza circundante ejerce a la larga sobre los seres vivos. La primera, relativa a los progresos del enfriamiento y al establecimiento de los climas; la segunda, a los movimientos de la corteza del globo y a las modificaciones de cada hábitat que les son inherentes. Los efectos de esta sobre acción están a nuestra vista en las razas naturales que tienen un origen común incontestable, como, por otra parte, se ha ejercido en todas las edades, revistiendo siempre los caracteres de variabilidad y perpetuidad como funciones de las condiciones físicas del globo, debe concluirse que es la única causa que preside en el fenómeno de la evolución, eficazmente auxiliada por la transmisión hereditaria que perpetúa y por la variabilidad limitada que regula”. Énfasis en negrita añadido.

Finalmente concluye, para luego continuar a tratar las posibles causas de la desaparición de las especies que ya no expondremos, una hibridación que combina evolución y creación como proceso causal para la aparición de las especies:

La doctrina de las creaciones aplicada a los tipos genéricos y a un cierto número de los específicos, y la evolución, como resultado de una ley preestablecida por el Creador, aplicada a otro número de estos tipos explica, según se acaba de ver, la aparición de los diversos seres organizados que se han ido sucediendo en las épocas geológicas”. Énfasis en negrita añadido.

Ciertamente, poco más de un siglo después de que escribiera estas líneas Landerer, ha pasado mucha agua sobre el molino de la paleontología así como se han realizado muchos descubrimientos de fósiles que han dado solución a algunos misterios. No obstante, el dictamen intervencionista de la evidencia que aquí precisa Landerer no ha cambiado sustancialmente según lo trataremos en el próximo post mediante testimonios paleontológicos recientes.

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