El testimonio paleontológico de José Joaquin Landerer. Parte 1

Cristian Aguirre

En el post titulado “El dedo de Jerry Coyne y otras pruebas” se dijo al final que en el registro fósil existen formas transicionales para un caso y no para otro. Para explicar esta aseveración desde el terreno paleontológico voy a citar una extracto extenso del capítulo 3 titulado: “De las causas que han presidido en la aparición y desaparición de las faunas” del libro del astrónomo, geólogo y paleontólogo español José Joaquin Landerer (1846-1922) titulado “Geología y Paleontología”.

Pese a que este testimonio, de la edición de 1907, podría considerarse superado por su antigüedad, la verdad es qué, como expondré en un próximo post, esta visión también es evidenciada por la paleontología actual aunque no con la misma claridad y contundencia, sino, mas bien, con un espíritu de discreción, sino de verdadero “rubor científico”, por parte de los paleontólogos modernos que desean, por la presión del paradigma dominante, echar tierra a estos “secretos profesionales de la paleontología” de los que ya hacía referencia el famoso paleontólogo norteamericano Stephen Jay Gould.

La cita es larga, pero he preferido no fragmentarla para no perder el contexto. Pido al lector la lea cuidadosamente a fin de reconocer como Landerer explica estos dos casos y en qué consisten:

“Al abrir el gran libro de la Naturaleza, la primera página que se ofrece á la meditación del geólogo es la que hace relación a la abundancia y a la significación de los restos orgánicos encerrados en las capas de la corteza del globo. Del examen de estos restos y de su primera inspección, dos hechos resaltan desde luego, á saber, la semejanza y las visibles afinidades de forma que muchos de ellos presentan, y la diferencia y disparidad que entre otros se observa. Llevando más lejos la investigación, y comparando en detalle las especies de una época geológica con las de las épocas anterior y siguiente, no puede menos de sorprender la gradación insensible porque suele pasarse de unas á otras y la similitud de formas que deja descubrir el estudio comparado de las faunas.

Fijando la atención en un grupo cualquiera, por ejemplo, en el de los ammonítidos, que es el más importante de los cefalópodos, observase una gradación ascendente muy instructiva. Aparece primero en el silúrico su precursor, el género Nautílus, cuya concha tabicada presenta las líneas de sutura simplemente onduladas; vienen luego, en la época devoniense, el Goníatites con sus líneas angulosas, lo cual acusa un progreso de organización, en Ia permiense el Waagenoceras con sus líneas festonadas, y por último, en la era secundaria estas líneas ofrecen en el género Ammonítes el máximo de complicación, como término final de la evolución del grupo. En los lamelibranquios abundan igualmente estas gradaciones; por ejemplo de la Trigonia navis del lías a la T.íncurva del kimeridgiense hay una serie de tipos intermedios, á saber: T. similis de la mitad del lías, T. costata del batoniense y T. elongata del oxfordiense. Otro tanto puede decirse de Pecten tumídus del lías a P. inequistriatus del kimeridgiense; de Ostrea Couloni del neocomiense a 0. Aquila del tenéncico y O.flabellata del cenomaniense, etc.

La rama de los mamíferos ofrece documentos si cabe más decisivos. El bisonte europeo y el americano son hoy dos especies completamente distintas, y, sin embargo, uno y otro presentan transiciones tan imperceptibles con los restos del Bospríscus de los tiempos cuaternarios, que con razón puede considerársele como el tronco de aquellas dos. Lo mismo puede decirse de un grandísimo número de mamíferos terciarios, y de los extinguidos de la fauna cuaternaria respecto de los actuales.

Las transiciones en el mundo de las plantas no son menos notables, según lo han demostrado en estos últimos tiempos Oswaldo Heer, Schimper y Gastón de Saporta, para una multitud de tipos vegetales, entre los que merecen especial mención la vid, la hiedra, el haya, etc. Este último ha proporcionado un cuadro genealógico completo de los más interesantes, que arranca de la época cenomanense y termina en el haya de la edad actual.

Adviértase que estas formas de transición que enlazan de una manera no interrumpida especies absolutamente distintas, no son para descritas. Es preciso ver estas formas en las colecciones de los grandes museos y en plena Naturaleza, para comprender toda su importancia y hasta qué punto ilustran la cuestión; es preciso asistir, por decirlo así, con los ojos, á la marcha que experimenta, no un simple cambio de forma, sino el conjunto de los caracteres mismos de la especie, los rasgos más sobresalientes que constituyen como su propia esencia zoológica. Añádase que estas formas de transición son de una importancia morfológica incomparablemente menor que las que ofrecen las razas ó variedades actuales ante el tronco de que proceden. De aquí nace la idea de filiación genealógica, idea plenamente justificada ó que se subordina á una interpretación racional de los hechos, puesto que el sello siempre visible y fehaciente de la filiación reside, á todas luces, en la semejanza morfológico-geométrica del conjunto y en la analogía del detalle.

Los ejemplos son tan numerosos y las observaciones tan minuciosas y tan exactas, que ya no es posible, sin faltar al criterio que sirve de norma en la ciencia, y aun al simple buen sentido, dejar de suscribir á la idea de que un gran número de especies proceden, por vía de transformación, ó evolución lenta y gradual de las especies que las han precedido. Esta idea se impone imperiosamente al espíritu despreocupado, cuyo fin objetivo es la investigación de la verdad natural. Cuanto más se ensancha el horizonte de los conocimientos geológicos y paleontológicos con el estudio distendido y asiduo de la comparación de faunas, de la determinación de especies fósiles, de las condiciones biológicas á que han estado sometidas, en una palabra, cuanto más vigor de razonamiento adquiere la inteligencia, tanto más racional aparece la expresada doctrina.

Conviene tener presente, para mayor ilustración de lo que precede, que como los caracteres más aparentes no suelen ser los más importantes, sucede con harta frecuencia que la apreciación de las afinidades y desemejanza entraña dificultades, cuya solución reclama un estudio sumamente reflexivo, basado ante todo en el conocimiento práctico de la determinación de especies y de la anatomía comparada. Así, por ejemplo, al hacer el paralelo entre el Echinospatagus cordiformis que termina con el neocomiense, y eI Heteraster oblongus cuyo principio coincide con el del tenéncico, resalta a primera vista una gran semejanza y hasta en rigor pudieran referirse ambas especies al mismo género; más siempre sería fácil descubrir que el ambulacro impar de la primera difiere esencialmente del de la segunda, y que en una y otra es constante esta forma y disposición, desde el momento en que aparecen hasta que se extinguen, siendo permitido sentar, a pesar de las patentes analogías, que la segunda especie no procede de la primera.

Entre el inmenso número de especies que ya no existen, una notable porción ha atravesado, pues, el tiempo modificándose visiblemente y pasando de unas á otras por gradaciones insensibles. Otra gran parte, ó al menos las que entre estas mismas se caracterizan con más facilidad, es evidente que han conservado durante largos intervalos una semejanza geométrica de forma, cuyos límites están contenidos en el círculo de las variedades. Estas últimas, cuyos tipos preexistentes están de manifiesto, parecen ser, más bien que creaciones especiales, el resultado de un trabajo de transformación operado con una lentitud en virtud de la cual puede decirse que esas especies poseen un ciclo de persistencia que las hace especiales en el tiempo. Durante este transcurso, el organismo se encuentra en una fase de equilibrio entre la tendencia tan manifiesta á la invariabilidad, de la que la naturaleza actual ofrece tantos ejemplos, y las condiciones modificantes permanentes del medio que le rodea, concluyendo al fin por transformarse si dichas condiciones le son favorables ó por extinguirse totalmente si le son adversas.

Paralelamente á estas dos series de especies que se transforman de un modo lento, incesantemente o por grados, existen otras, en crecido número sin duda, que aparecen y se extinguen sin participar apenas de la influencia que la naturaleza circundante ejerce sobre las otras, más accesibles á su acción. Añádase, en fin, que la aparición de algunos géneros se inicia desde el primer momento por una porción de especies en una misma localidad ó en localidades distantes, y que no teniendo en ningún caso punto alguno de contacto, entrañan indudablemente una independencia de origen.

Cualquiera que sea la importancia que se conceda a la significación de estos hechos, ello es que si hay especies que excluyen toda idea de filiación, existen otras que, por el contrario, la reclaman sin esfuerzo, y en esto consiste, a mi ver, el verdadero fondo de la cuestión. Lícito es, en consecuencia, distinguir en las especies dos categorías principales: especies que se transforman ó representativas, y especies típicas, categorías que corresponden á otras tantas tendencias en la corriente de la vida. No obstante la diferencia radical que las mantiene constantemente separadas, estas tendencias están dirigidas en el mismo sentido, puesto que concurren á un mismo fin, a asegurar la sucesión de los seres organizados sobre la superficie de la Tierra. Aquella diferencia se comprenderá mejor cuando se vea que la independencia de ciertos grupos zoológicos superiores es, igualmente, un punto que la experiencia atestigua.

Lejos de ser el ciclo de persistencia un paréntesis en la marcha evolutiva, es una manifestación de la misma fuerza modificante que actúa sin cesar sobre el organismo, y gracias á la plasticidad que éste posee, viene a traducirse por el establecimiento de nuevas razas contemporáneas. Cuanto más duradera es una forma específica sobresaliente ó más constante su semejanza con su tipo primitivo, tanto menor parece ser el número de sus variedades coexistentes, y á la inversa, cuanto mayor es el número de especies afines en el espacio, tanto menor es su persistencia en el sentido vertical. Algunos ejemplos elegidos entre el número respetable que me fuera dado citar, y tomados en los diversos grupos, bastarán para dar una idea de los hechos á que me refiero y de las deducciones á que pueden dar lugar.

El grupo de las terebratulas perforadas, diphya, janitor y diphyoides, cuyas analogías mutuas son tan visibles como su aislamiento de los demás tipos del género, se extiende desde el jurásico al cretáceo, y es relativamente pobre en variedades contemporáneas. Otro tanto puede decirse del Cerithium giganteum, cuya existencia se ha prolongado desde el eoceno a la edad actual, y de la mayor parte de moluscos que se hallan á la vez vivos y al estado fósil en los terciarios recientes. Por eI contrario, la Fusilina cylindrica del carbonífero, la Orbitolina lenticulata del tenéncico, los Nummulites, tipos todos que presentan numerosas variedades contemporáneas, han ocupado vastas superficies y son muy especiales en el tiempo. Lo mismo sucede con una porción de ammonites, como los A. Requienanus y A. mucronatus del toárcico, y A. Deshayesi del tenéncico, con las grandes naticas del mismo piso, y con un número considerable de mamíferos, tan especiales en el tiempo, cuyas variedades contemporáneas son tantas, que muchas veces es difícil saber si efectivamente se trata de simples razas ó de una misma especie.

Estos hechos se prestan a la interpretación que he indicado; como si el trabajo de transformación de cada tipo hubiera de producir siempre una suma dada; cuando se opera en el tiempo escasea en el espacio y viceversa. Sólo por excepción se opera en los dos sentidos; ejemplo: la Ostrea aquíla, cuyas formas similares son abundantes en el sentido vertical y horizontal.

Desde el punto de vista considerado, la especie existe realmente como entidad. Así al menos debe entenderse de aquellas que son los primeros representantes del género y pueden ser consideradas como troncos ó formas ancestrales de las bifurcaciones sucesivas. El, término especie responde, por consiguiente, a una idea objetiva, y aunque las consideraciones que acaban de exponerse hacen ver que no todas las especies revisten aquel carácter, sin embargo, no deja de ser muy apropiado el servirse en todos los casos del mismo término, por acomodarse perfectamente en el lenguaje usual á las apariencias que se observan durante el ciclo de persistencia.

Algunas personas, por sistema, ó por hallarse poco versadas en el estudio de la morfología paleontológica, pensarán tal vez que de aquí a suponer que los géneros y los grupos zoológicos superiores á la especie obedecen del propio modo a la ley de la evolución, no hay más que un paso, y que andando el tiempo, podrán llegarse a descubrir las formas de transición entre los géneros y familias que hoy se muestran como perfectamente deslindados, y, sin embargo, nada más distante de la verdad. Si se concediese la denominación de género á los innumerables grupos que los naturalistas han elevado á esta categoría, algunas veces para facilitar el estudio, habría en verdad muchos que derivan de sus similares anteriores. Por ejemplo, si el grupo de las Belemnitella se considera como un género distinto del Belennites, cuya existencia concluye cuando aquél aparece, la filiación no puede ser más verosímil; otro tanto se diría de los Ammonites respecto de los Caratites, y de otros muchos que fuera dado citar, mas si aquella denominación sólo se aplica á determinados grupos naturales, llámense géneros ó familias, pronto se descubre que su aparición ha tenido lugar de un modo súbito y deben ser, por lo tanto, considerados como el producto de creaciones independientes. Acerca de este punto, como de otros muchos en que el criterio de la experimentación no debe ser desvirtuado por especulaciones más o menos ingeniosas, basta interrogar la historia de los seres organizados, para convencerse de que los grupos que merecen realmente el nombre de naturales no son ramas derivadas de un tronco común.

La Paleontología es rica en grupos de este nombre, que llevan impreso el sello indeleble de la más completa independencia. Tales son, por ejemplo, entre las familias, los trilobites: Que afectan una organización complicada y aparecen en los primeros tiempos de la fase orgánica, los ammonítidos y los rudistos; entre los géneros, el Paradoxides, el Ostrea, el Nerínea y tantos otros, aparte de las ciases y de los grandes tipos, gastrópodos, lamelibranquios, cefalópados tentaculíferos y acetabulíferos, peces, aves, mamíferos, cuya aparición se señala desde el primer momento por formas que poseen los caracteres principales ó sobrado manifiestos del grupo, y no por rudimentos ó esbozos que autoricen á sospechar su descendencia de otros grupos distintos. Por lo que concierne al hombre, es harto evidente que sus facultades intelectuales le colocan en un orden especial de elevada categoría que no tiene nada de común ni de cerca ni de lejos, con los diferentes términos de la clasificación zoológica.

No quiere esto significar que la especie no pueda estar dotada de una variabilidad en cierto modo indefinida, hasta el punto de que al cabo de un transcurso suficientemente prolongado difiera completamente del tipo genérico originario y dé lugar a un género distinto, éste a su vez a la familia, y así sucesivamente; mas para pensar lo contrario o al menos que no ha sido así, que es el punto capital de la cuestión, hay dos razones poderosas: primera, que los caracteres del nuevo género o del nuevo grupo tendrían que haber sido adquiridos gradualmente, y existirán, por lo tanto las formas de transición, lo cual se aviene mal con la independencia tan manifiesta demostrada por los hechos; y segunda, que los géneros de gran duración, como el Nautilus, el Ostrea, el Rhynchonella, han conservado a través de tantas épocas y bajo las más diversas condiciones físicas, una variabilidad limitada, como lo prueba la extraordinaria exuberancia de sus formas específicas y de razas diferentes que han conservado con imperturbable constancia los caracteres genéricos.

Los documentos paleontológicos conducen, como se ve, á admitir que, ó no ha existido el plan de dotar a la especie de una variabilidad ilimitada, ó no ha habido tiempo para que esta variabilidad pudiera manifestarse en el paso de género a género, porque la extinción ha sorprendido al organismo en su marcha evolutiva. La prolongada duración de ciertos géneros, como los que acabo de citar, aboga decididamente en favor de la primera tesis.

Inútil es objetar que la razón de no encontrarse las formas de transición entre los grupos naturales, reside en que muchos animales que han vivido en las épocas geológicas no han dejado vestigios de su existencia. Esta razón sólo es aplicable á aquellos seres que, dotados exclusivamente de materias blandas, no han podido conservar resto alguno de su organismo, mas no así a aquellos que poseen armazón huesoso ó calizo y mucho menos a los que se hallan provistos de una cubierta testácea, como casi todos los moluscos. En tal caso, la naturaleza misma de las cosas da la certidumbre de que la inmensa mayoría de los restos se han conservado, y que nos son suficientemente conocidos en su conjunto y en sus rasgos característicos, para adherir a la conclusión de que las supuestas transiciones están en abierta oposición con los hechos paleontológicos mejor establecidos. La experiencia no hace más que confirmarlo de día en día con nuevos y concluyentes datos.

Estudiando la marcha que ha seguido la aparición de los géneros y familias en las diversas clases de animales, se observan de una a otras diferencias muy notables, haciendo ver que no se han enriquecido todas en tiempos iguales, ni paralelamente, ni cada una proporcionalmente al tiempo. Si se compara el número de tipos específicos de una misma clase contenidos en el terreno silúrico, con los del terciario, se nota a favor de aquél una exuberancia extraordinaria en las clases superiores, y al contrario, esta exuberancia está de parte del terciario para las clases inferiores.

Aunando estos hechos con el de la aparición súbita de las primeras faunas silúricas, en las que abundan profusamente tipos de organización relativamente elevada: crustáceos, cefalópodos, pterópodos, gastrópodos, lamelibranquios, braquiópodos, se deduce que las manifestaciones de la causa que interviene en estos efectos, no se ajustan a un proceso riguroso de lo simple á lo complicado. Ahora bien, una causa que se distingue esencialmente por la libertad y la espontaneidad de su acción, manifestándose en fenómenos de la misma naturaleza y no eslabonados por una gradación determinada, que llama a la vida a los primeros organismos y a generaciones nuevas e independientes, que ocurre con invariable previsión a las necesidades inherentes al régimen de alimentación de estos organismos y a las condiciones del medio ambiente en que han de desarrollarse, en una palabra, una causa que crea, no tiene nada de común con las causas que actúan en el mundo orgánico e inorgánico, cuyas manifestaciones llevan siempre el sello de la periodicidad, o de la constancia, o del encadenamiento físicamente necesario con las leyes inmutables de que proceden. Es, pues, una causa que presupone una inteligencia superior, capaz de prever y coordinar tamaños resultados, y como esta cualidad no puede residir, sino en un ser libre, distinto de la materia y del movimiento, forzoso es concluir que dicha causa no es otra que la causa primera, o en otros términos, la palabra omnipotente del Ser Supremo”. Énfasis en negrita añadido.

A continuación Landerer continua un análisis de la propuesta darwiniana, pero, por su extensión, ésta se expondrá en un próximo post junto con otras citas paleontológicas más recientes que refrendan esta visión junto a su respectivo análisis.

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