El Genoma no es el “Blueprint” del Organismo (1)

Felipe Aizpún

Hace algún tiempo nos hacíamos eco de una entrevista al bioquímico australiano Michael Denton en la que nos explicaba la importancia de comprender que el genoma de un ser vivo no puede ser concebido como el “blueprint” de su organismo. La palabra “blueprint” no tiene una traducción fácil en este contexto; se corresponde con la palabra española “proyecto” según algunos traductores, y en términos fotográficos con la palabra “cianotipo”. El significado directo en inglés según el Cambridge Dictionary es algo más ilustrativo: “an early plan or design which explains how something might be achieved”. En definitiva, lo que Denton trataba de transmitirnos es que un organismo vivo no puede describirse de manera suficiente por los datos encontrados en la lectura detallada de las secuencias lineales de su genoma. El genoma, las secuencias del ADN de un organismo vivo, no nos explica todo lo que necesitamos saber para proceder a su “montaje”, a su construcción. Los procesos de formación de los organismos vivos a partir de un zigoto originario no se explican ni mucho menos por la lectura de las secuencias lineales de su ADN sino que se deben a un programa de desarrollo embrionario regulado por un sistema de controles y de señales que constituyen una disposición jerarquizada de instrucciones informacionales y sobre las que todavía estamos muy lejos de conocer los detalles. En definitiva, y como escribía hace pocos días el profesor de Oxford Jonathan Bard aquí, el desafío inalcanzado todavía para la teoría biológica contemporánea es explicar de qué forma las variaciones producidas por mutaciones acaecidas en la estructura molecular producen variaciones en el fenotipo.

En realidad el genoma no es otra cosa que un depósito de información, una especie de almacén de instrucciones de montaje, y por lo que a las secuencias codificantes se refiere, no del organismo en sí sino únicamente de las diferentes proteínas que intervienen, como los materiales de una obra, en la construcción del objeto programado. Pensemos en la construcción de un edificio emblemático, por ejemplo en el edificio Burj Khalifa de la ciudad de Dubai y considerado hoy por hoy, con sus 828 metros de altura, el edificio más alto del mundo. Pensemos en su construcción y en la lista ingente de materiales que habrán sido necesarios para ejecutarla. Sin embargo, los materiales empleados en sí mismos no nos dicen nada sobre el proceso de desarrollo de la actividad constructiva. Ésta ha sido dirigida por un proyecto concebido por una mente inteligente que ha plasmado en un conjunto de planos e instrucciones todos los procesos operativos, ordenados secuencialmente, en vistas a la ejecución de una idea previa. Pensemos en los innumerables sistemas y estructuras funcionales que han precisado ser concebidos, diseñados y armonizados para obtener el resultado funcional capaz de satisfacer todas las necesidades para las que fuese proyectado el edificio. Pues bien, como se sabe, la más avanzada y poderosa de las obras creadas por el ser humano no puede sino palidecer frente a la complejidad organizacional de la más humilde de las células vivientes. Conviene reflexionar sobre el principio rector de dicha complejidad funcional.

A este respecto el genoma ha sido, sin duda, una realidad biológica sobrevalorada y esta sobrevaloración es la consecuencia de la visión reduccionista que preside la actividad de la comunidad científica desde hace más de un siglo y que, en lo referente a la biología, se concreta en una visión gen-centrista de los seres vivientes en los que la forma es concebida como la simple resultante de la acumulación de rasgos, como se acumulan las cuentas de un collar en torno a un hilo. Lejos de ello, la construcción de una forma biológica en un proceso de desarrollo embrionario supone ir conformando el organismo según un programa perfectamente establecido y ejecutado en el que las células van diferenciándose, determinando sus funciones específicas, activando los genes adecuados, es decir, eligiendo de entre el arsenal de materiales contenido en su genoma en forma de instrucciones aquellos que en cada momento resultan oportunos para la conformación de cada parte.

Uno de los lastres más desafortunados de la actividad científica contemporánea ha sido esta visión reduccionista que nos ha apartado de la imprescindible visión sistémica que poco a poco va abriéndose paso para ir enterrando consecuentemente los discursos rancios de un darwinismo trasnochado que nos ha legado una visión fantasiosa y falaz de la vida y de la realidad. La “vieja ciencia” ha venido cultivando un reduccionismo recalcitrante durante los dos últimos siglos y no es de extrañar que fuera precisamente un biólogo, Ludwig von Bertalanffy, impulsor de las teorías organísmicas de los seres vivos y de la teoría general de sistemas, quien se haya visto inclinado a buscar nuevas perspectivas con objeto de intentar comprender la realidad de la vida, cuya riqueza y complejidad no puede ser abarcada por el paradigma mecanicista clásico. Este cambio de perspectiva supone revisar algunos de los criterios epistemológicos tradicionales, y entre ellos se suelen citar los siguientes:

a) La idea de que todo fenómeno puede reducirse y explicarse al efecto de varias leyes físicas.

b) Todos los fenómenos son deterministas.

c) El estudio de los sistemas complejos se reduce al resultado de la conducta de sus elementos.

d) Rechazo de la idea de que la interpretación de los fenómenos en términos de causas finales puede conducir a un conocimiento verdadero.

e) La idea de que podemos aspirar a descubrirlo todo, a conquistar la verdad última en torno al Universo y nuestra existencia a través de la ciencia.

Una nueva actitud ante el quehacer científico y ante la interpretación filosófica de sus descubrimientos se hace imprescindible para acercarnos a la realidad, y esta actitud renovadora precisa de nuevos criterios que la orienten:

a) Conviene reconocer que no todo el conocimiento es reconducible a conocimiento derivado de la física.

b) La propia metodología física es incapaz de abarcar el estudio de los fenómenos de alto nivel de complejidad, como por ejemplo, nuestro sistema nervioso central o los comportamientos psicosociales.

c) Los organismos vivos se comportan como totalidades, sus elementos estructurales y funcionales están interconectados entre sí formando una unidad que al mismo tiempo es un sistema abierto, es decir, que se interrelaciona con el medio.

d) La biología no puede seguir avanzando si no se acepta que las ideas de proceso, sistema, emergencia, incluso finalidad y progreso, formen parte de la nueva perspectiva de análisis de las observaciones empíricas.

e) Es necesario comprender que nuestra capacidad racional de conocer puede estar perfectamente limitada a determinados ámbitos de la realidad y que las explicaciones últimas que justifican la materialidad de nuestro cosmos, su origen, y la razón última de ser de los organismos vivos, quizás, queden fuera de nuestro alcance.

En última instancia la contrastada incapacidad del paradigma darwinista para acomodarse a la experiencia verificable de la realidad descansa en la equivocada (y ya superada) perspectiva con la que se enfrenta a dicha realidad. El darwinismo original y su versión actualizada, la teoría sintética, pecan de este reduccionismo mecanicista que denunciamos y que día a día se ve desplazado entre la comunidad científica. La idea básica sobre la que descansa el modelo, un-gen-una-proteína-un-rasgo, es un ejemplo emblemático de tal error; la vida en la teoría sintética evoluciona por adición de pequeñas variables, los genes se van ensartando como las cuentas en un collar y los caracteres se van sumando uno a uno para ir, gradual e imperceptiblemente, de abajo hacia arriba, en causalidad ascendente, construyendo mecanismos biológicos más complejos. Todo se va conformando sin saltos ni sobresaltos, los hombres somos, en relación a nuestros parientes animales inferiores, de la misma naturaleza; en palabras del propio Darwin, no nos separan diferencias de clase sino de grado.

Las variaciones fortuitas, nos dice el discurso oficial, van añadiendo rasgos al carácter de los organismos inferiores, la vida surge por una dinámica reconducible en último extremo a la materia inanimada y a las leyes físicas que la gobiernan; el azar completa la faena. No existe sitio en este esquema para entender el valor de la información organizadora; las cualidades que nos sorprenden simplemente emergen fruto de la adición sucesiva de rasgos y variaciones. La integración de sistemas complejos no encuentra acomodo en este esquema, la aparición de valores y estructuras de organización y complejidad así como la emergencia de la conciencia humana y de nuestra capacidad racional para entender el cosmos y su inherente racionalidad no encuentran justificación de ningún tipo en un discurso pseudocientífico obsoleto y caduco, más allá de la vacua invocación de una creatividad auto-organizadora de la madre Naturaleza mistificada y elevada al rango de principio de causación.

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