El Escepticismo de Wolfgang Pauli

Felipe Aizpun

De vez en cuando resulta interesante recuperar el pensamiento de algunos autores relevantes en el panorama científico o filosófico de su tiempo que mostraron la lucidez de discrepar del entonces emergente paradigma neo-darwinista sin recibir por ello otra cosa que la censura despectiva de sus colegas y el desinterés del público generalista por ello, lo que no es óbice para que fuesen ilustres representantes del establishment científico por otras cuestiones ajenas al debate sobre la evolución y que recibieran por ello la más alta consideración. Tal es el caso del físico austriaco Wolfgang Pauli.

Pauli nació en Viena en 1900 y murió en Zurich a la edad de 58 años; destacó como uno de los precursores e impulsores de la física cuántica y recibió por sus aportaciones el Premio Nobel de física de 1945, en particular en reconocimiento de su formulación del principio de exclusión o principio de Pauli, que postula la imposibilidad de que dos electrones en un átomo puedan tener la misma energía, el mismo lugar e idénticos números cuánticos. Pauli teorizó sobre diferentes cuestiones, no sólo sobre la física de partículas elementales, sino que se adentró en cuestiones más intrincadas como la relación de la mente y la materia o la teoría de la evolución tan en boga en su tiempo. Eran los años de consagración entusiasta de la Teoría Sintética moderna y Pauli, como fue también el caso de otro célebre colega suyo contemporáneo e igualmente laureado con el Nobel (Erwin Schrödinger), no pudo evitar caer en la tentación de indagar en torno a sus propuestas y conclusiones. De ello nos hablan en un muy interesante trabajo reciente titulado “Pauli´s ideas on mind and matter in the context of contemporary science” sus autores Harald Atmanspacher y Hans Primas, y de este trabajo tomaremos las siguientes reflexiones y citas.

Pauli era esencialmente escéptico en relación al núcleo central de la Síntesis Moderna que empezaba a fulgurar como estrella rutilante en el panorama científico de la década de los 40 del siglo pasado; no creía que la evolución de las formas vivas (es decir, la emergencia de las novedades biológicas exigidas por el modelo) pudiera justificarse únicamente como producto de variaciones fortuitas.

Como físico, me gustaría objetar críticamente que este modelo no ha sido respaldado por una estimación efectiva de probabilidades hasta ahora. Una estimación tal de la escala del tiempo geológico de la evolución que el modelo implica debería ser comparada con el tiempo real disponible. Uno necesitaría demostrar que, de acuerdo con el modelo asumido, la probabilidad de la evolución de los rasgos adecuados existentes de facto era suficientemente alta en el tiempo real conocido. Dicha estimación no ha sido ni siquiera intentada.

Pauli insistió en que para conceder al modelo neo-darwinista la imprescindible plausabilidad, las probabilidades de la evolución concreta de rasgos y formas biológicas debería ser contrastada con cálculos matemáticos realistas y consistentes según la teoría de probabilidades. Dijo Pauli:

En discusiones con biólogos encuentro grandes dificultades cuando aplican el concepto de “selección natural” de manera amplia, sin ser capaces de estimar la probabilidad de la ocurrencia en un tiempo empíricamente dado de justamente esos eventos que han sido importantes para la evolución biológica. Tratando la escala de tiempo geológico de la evolución como un infinito teórico se encuentran con una cómoda postura para evitar el problema de la finalidad. Mientras pretenden que tal postura les mantiene en un discurso plenamente “científico” y “racional” lo que hacen es devenir en realidad muy irracionales, particularmente porque usan el término “azar”, no ya en combinación con una estimación de probabilidades matemáticamente definidas, sino que lo aplican a eventos únicos y raros más o menos sinónimos del antiguo término “milagro”.

Pauli no llegó a saberlo pero el escepticismo de la comunidad de matemáticos hacia la capacidad de la evolución para generar de manera fortuita tan extraordinaria complejidad y variedad de formas fue acrecentándose en el tiempo. En 1967, y en el entorno del prestigioso MIT de Boston tuvo lugar una conferencia bajo el título de “Mathematical Challenges to the Neo-Darwinian Theory of Evolution” que se abrió con un trabajo titulado nada menos que “The Inadequacy of Neo-Darwinian Evolution as a Scientific Theory” firmado por el profesor del Instituto Murray Eden. En nuestros días, la casta de los matemáticos sigue siendo una de las comunidades más escépticas hacia el darwinismo tal como relataba no hace mucho en una entrevista uno de sus más conspicuos representantes, el imprevisible, brillante y excéntrico bon vivant David Berlinski, quien además se hacía eco de las opiniones similares del gran von Neumann y del no menos excéntrico Gian-Carlo Rota, entre otros. Todo ello sin olvidar además los trabajos recientes de William Dembski y Robert Marks en el “Evolutionary Informatics Laboratory”.

A lo largo de las décadas subsiguientes la biología evolutiva ha ido generando la sospecha de que muchas de las variaciones adaptativas de los organismos vivientes no son realmente sucesos fortuitos sino que son respuestas específicas a amenazas concretar del entorno y que las mismas frecuentemente se despliegan gracias a mecanismos internos de ingeniería molecular; en especial a partir de los célebres trabajos de Cairns a finales de los 80. Hoy día está ampliamente aceptado que muchas variaciones hereditarias no son fortuitas y que cambios de naturaleza evolutiva pueden ser el resultado de eventos prescritos desde dentro de la célula.

Pauli discrepaba fundamentalmente de la visión mecanicista del modelo neo-darwinista y estaba convencido de que junto a la descripción científica de causas eficientes para el proceso, existían motivos de sobra para reclamar que una perspectiva teleológica resultaba imprescindible.

Este modelo evolutivo es un intento, en línea con las ideas de la segunda mitad del siglo XIX, de respaldar la total eliminación de cualquier rastro de finalidad. Esta debe pues, de alguna forma, ser remplazada introduciendo elementos de azar.

Pauli formuló al respecto una, un tanto oscura, propuesta de una tercera forma de causalidad, más allá del determinismo y los procesos estocásticos.

De acuerdo con esta hipótesis, que difiere tanto de la concepción darwinista como del lamarckismo, encontramos aquí una tercera forma de leyes de la Naturaleza que consisten en correcciones de las fluctuaciones fortuitas debidas a coincidencias significativas o intencionales de eventos no conectados casualmente.

Los autores del artículo que comentamos se apresuran a puntualizar que la introducción de una perspectiva de causas finales en la ciencia no implica la reivindicación de agentes causales inmateriales “tales como fantasmas, demonios o un creador inteligente” (faltaría más), pero sí que el rechazo de las causas finales no proviene de los principios fundamentales de la física.

En realidad el rechazo de las causas finales no tiene sustento científico alguno; se trata por el contrario de un prejuicio metafísico dogmático que no puede ser aceptado de forma acrítica. La delimitación del ámbito de la actividad científica al marco de las causas eficientes es muy respetable, pero negar que otras perspectivas racionales puedan ocuparse de indagar otro tipo de cuestiones en torno a la realidad carece de justificación.

6 Respuestas para El Escepticismo de Wolfgang Pauli

  1. Interesante artículo. Desde el punto de vista matemático es practicamente imposible la teoría darwiniana.

  2. Magnífica recopilación.
    Muchas gracias por el aporte (otro más) Felipe.
    Dado que mi interés es la conciencia, te invito a que busques y descargues este documento en internet:
    “Quantum physics in neuroscience and psychology.”
    He estado leyendo sobre el trabajo de Henry Stapp y me pregunto si una lógica cuántica similar pueda estar operando a estos niveles también en el genoma (me parece muy posible).

  3. Gracias por este interesante link, Arturo
    No es casualidad que el texto escogido para presentar el trabajo como nota de referencia sea de Pauli.
    No conozco los trabajos de Stapp así que este texto me servirá de referencia. Veo que otro de los autores es un claro simpatizante del DI, el canadiense Beauregard.
    En cuanto al genoma, cada día se van desvelando poco a poco algunos de los misterios del funcionamiento de los procesos de la vida. La verdad es que todavía nos queda muchísimo por desvelar. Lo que toca es investigar y analizar los resultados de forma desapasionada. Las conclusiones y las inferencias de causalidad deben venir sólas, sin prejuicios que las determinen.

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