El Diseño Inteligente como inferencia filosófica. Parte 5

Estructura de un peptido de colagenoLa insuficiencia de la explicación naturalista.

Por Felipe Aizpún

Michael Behe nos propone una inferencia de diseño como consecuencia de su análisis de determinadas características de los seres vivos. La complejidad irreducible se nos exhibe fundamentalmente como una anomalía insalvable del paradigma darwinista, lo cuál es más que razonable, y al mismo tiempo se nos invita a considerar tal característica de las formas vivas como un indicio inevitable de diseño. En realidad la inferencia es legítima, aunque en absoluto concluyente. El hecho de que un organismo no pueda conformarse de acuerdo con el mecanismo gradualista preconizado por Darwin no implica que no exista ningún itinerario evolutivo posible que pueda ser explicado de acuerdo con procesos estrictamente naturales. Hay sin embargo, otros trabajos que pretenden de manera expresa que existen realidades en la Naturaleza que contradicen cualquier forma de causalidad estrictamente natural, nos referimos a los profesores David L. Abel y J.T. Trevors.

Los trabajos de Abel y Trevors no pretenden justificar la inferencia de diseño, se limitan a poner en evidencia la imposibilidad de explicar la dinámica interna de la vida como resultado de las cuatro leyes físicas que rigen el cosmos actuando sobre la materia inanimada; así por ejemplo en su excelente trabajo de 2004 titulado expresivamente “Chance and necessity do not explain the origin of life”. Se trata de una argumentación puramente racional elaborada sobre un profundo conocimiento científico. En realidad es un argumento estrictamente científico pero que maneja conceptos inmateriales como la información, el lenguaje, la funcionalidad de una estructura organizada etc. La vida presenta algunos aspectos que pueden ser descritos como valores o realidades inmateriales, especialmente los siguientes:

  • Un sistema genético operativo capaz de almacenar instrucciones de programación.
  • Los programas en sí para la producción o el “montaje” de cada uno de las piezas que conforman el organismo, de sus componentes y procesos bioquímicos y el ciclo metabólico imprescindible para el más simple de los organismos.
  • Un sistema de codificación capaz de traducir el lenguaje de los codones (tripletes de bases) en el lenguaje de los aminoácidos (la biyección).
  • Y, por encima de todo, un principio activo capaz de dirigir ordenadamente el proceso de desarrollo embrionario, mas allá de la información contenida en el ADN que puede justificar la producción de proteínas específicas, pero es insuficiente explicar el gobierno general del proceso.

Resolver el enigma sobre la aparición de estas realidades es algo inaccesible para nosotros, entender cómo tales realidades han terminado concretándose en la emergencia efectiva de la célula como una materialidad animada capaz de implementar estas instrucciones codificadas es algo que no podemos explicar.

La gran mayoría de los especialistas en el estudio del origen de la vida se limitan a referir que, de alguna manera, dado un tiempo suficientemente largo, las instrucciones genéticas aparecen de manera natural. Abel y Trevors se oponen firmemente, el tiempo no es capaz de hacer aparecer propiedades que la materia inanimada no tiene y que la acción de las cuatro fuerzas que actúan sobre ella no puede hacer surgir. No existe ninguna evidencia empírica de que la información, el programa capaz de dirigir un proceso biológico, ni siquiera el más elemental, pueda surgir de manera espontánea. Nos enfrentamos no a realidades complejas sino a realidades conceptualmente complejas. La biyección supone la emergencia de un código capaz de establecer una correspondencia unívoca de “significados” biológicos entre símbolos en diferentes “lenguajes” o sistemas operativos, en concreto entre cada triplete de bases (codón) y su correspondiente aminoácido. La causalidad eficaz propia de las fuerzas físicas de la Naturaleza carece del potencial de anticipar o diseñar un sistema conceptual que emplea representaciones simbólicas. Al final, el problema de ¿qué fue antes, el huevo o la gallina?, traducido a ¿qué fue antes, el ADN o las proteínas? sigue siendo el enigma irresoluble a que nos enfrenta la Naturaleza; sin la maquinaria biológica de las proteínas el mensaje genético no puede ser recibido y entendido, pero sin las instrucciones genéticas la maquinaria no puede ser ensamblada.

Para los autores de este trabajo, la incapacidad de las causas naturales que conocemos para dar razón de la vida, no es un argumento por analogía, es una afirmación científica incuestionable, un axioma matemático no susceptible de ser rebatido por eventuales datos empíricos futuros. El sistema no puede emerger como consecuencia de la necesidad de las leyes físicas, pero mucho menos puede emerger por puro azar. No existe información prescriptiva en secuencias fortuitas de ácidos nucleicos, pero incluso si la hubiera, exigiría la existencia previa de un sistema operativo capacitado para interpretar dicha información. La diferencia entre la argumentación de Dembski de la complejidad especificada y la de Abel y Trevors es esencial. Para Dembski, como en el caso famoso del mono y la máquina de escribir, la inferencia de diseño surge de la improbabilidad extrema del evento (la escritura por azar por parte del mono de un texto con significado reconocible), no de su imposibilidad física. Que un mono pueda escribir al azar un soneto de Shakespeare es racionalmente repulsivo pero no es físicamente imposible. Abel y Trevors pretenden algo más: argumentan que la emergencia de la vida implica la aparición de propiedades inmateriales que no están presentes en el mundo de la materia inanimada y que las leyes físicas que lo rigen no tienen el potencial de hacer surgir. Si colocamos una piedra en el suelo al pie de una mesa de un metro de altura, es imposible (físicamente) que la piedra por sí sola abandone su posición y se suba a lo alto de la mesa. No es una cuestión de probabilidades ni de paso del tiempo, es simplemente una discordancia entre la realidad existente y la capacidad de causación real de acuerdo con las propiedades naturales de las leyes que conocemos. La aparición de un determinado significado biológico asociado a una concreta secuencia molecular es un misterio irresoluble; lo inaccesible no es la obtención fortuita de una secuencia molecular por improbable que parezca sino la emergencia inexplicada de significado biológico en la misma, es decir, el carácter prescriptivo de la información genética que contiene. En mi opinión aquí nos encontramos en el ámbito del terreno delimitado por Kant para que la inferencia de diseño resulte verdaderamente convincente.

Abel y Trevors se abstienen por completo de realizar inferencias de diseño. Las inferencias de diseño son conclusiones filosóficas ya que atañen a explicaciones causales que no pueden ser verificadas empíricamente. Dado su propósito de moverse exclusivamente en el ámbito del discurso científico se limitan, en sus conclusiones, a decir que “nuevos enfoques para investigar el origen del código genético son necesarios. Las limitaciones de la ciencia tradicional son tales que el origen de la vida puede no ser nunca entendido”. Y añaden: “propuestas que ofrecen sólo largos periodos de tiempo no ofrecen mecanismos explicativos de la aparición de programas genéticos. Tales tautologías no justifican la información novedosa. El argumento dice simplemente que ocurrió. Como tal, es nada más que ciega creencia. La ciencia debe proporcionar mecanismos teóricos racionales, una base empírica, predicciones confrontadas o una combinación de los tres.”

Próximo post: Ante un nuevo paradigma evolucionista.

Una Respuesta para El Diseño Inteligente como inferencia filosófica. Parte 5

  1. La afirmación clara y contundente de IMPOSIBILIDAD de origen estrictamente naturalista del código-lenguaje de la vida, fundamentada en que no existen leyes ni fuerzas en la naturaleza capaces de hacer esas cosas, creo que es el golpe de “knock out” al materialismo puro y duro. Quienes en los próximos años continúen aferrados ciegamente a esa quimera, será solo para escapar de la realidad, negándola como avestruz que se creé a salvo metiendo la cabeza en un hoyo… Dicen que no hay peor necio que el que no quiere entender, ni peor ciego que el que no quiere ver.

    Por otro lado, tras el cambio de formato del sitio se acabaron los eternos debates que solía haber antes. Confieso que a mí también me costó reacomodarme. Espero que de a poco comiencen a volver. Saludos!

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