El Diseño Inteligente como inferencia filosófica. Parte 4

DI2La naturaleza filosófica del argumento y su rigor lógico

Por Felipe Aizpún

No cabe duda de que las propuestas del DI en el campo de la biología pretenden poner de manifiesto la existencia real de organismos vivos que no pueden ser explicados por causas exclusivamente naturales, y de hecho, ese es el corazón de su argumentación frente los seguidores de la moderna teoría sintética. Si se les reconoce ese valor, entonces no solamente se argumentaría por la idea de diseño de una manera teórica y abstracta, sino principalmente por la idea de una inteligencia suprema capaz de hacer eficazmente reales sus modelos teóricos. Diseñador y hacedor serían un mismo principio causal, la causa formal y la causa eficiente no serían principios inconexos sino perspectivas distintas de una misma razón de causalidad. La existencia de un propósito o finalidad en el cosmos se seguiría de manera evidente natural.

Debo insistir en que, en mi opinión, esta distinción kantiana que se abre a la eventualidad de la existencia de un diseñador no creador es una posición metafísicamente inconsistente. En realidad la propia inferencia de diseño implica la idea de que el organismo estudiado no se ajusta a las leyes de la Naturaleza, no es explicable por ellas. Pero en cuanto que estamos hablando de un organismo real materialmente existente y no de un concepto abstracto, sino de un ser eficaz y dinámicamente activo en un cosmos materialmente real, ello implica que el diseño de su organización íntima exige no sólo una mente diseñadora sino también una voluntad eficaz capaz de traspasar los límites causales de las leyes de la Naturaleza. Diseño, ideación abstracta y voluntad eficaz real, se confunden necesariamente como consecuencia de la existencia real de un ser vivo en su dinámica biológica inmediata. Además, en términos metafísicos, la idea de un dios-primera causa exige la unicidad en su inmaterial y eterna inmovilidad. Aristóteles rechaza la posibilidad de una multiplicidad de primeras causas con argumentos estrictamente filosóficos que permanecen plenamente vigentes. En cualquier caso, de lo que no cabe duda es de que frente a la idea abstracta y sobrecogedora de un cosmos que presenta síntomas de una armonía sospechosa de diseño, la biología nos enfrenta de verdad a la posibilidad de descubrir sistema activos y estructuras funcionales que emergen, aparentemente imbuidos de valores inmateriales como la información y la organización, sin sustento en la dinámica puramente física de la materia inanimada y sus leyes.

Pero hay que tener en cuenta una reflexión, y es que tampoco los argumentos estrictamente científicos de Behe pueden por sí solos constituir pruebas concluyentes de diseño por cuanto que se aferran básicamente a deducir la incapacidad del paradigma darwinista para explicar la realidad, sin que ello nos permita inferir de manera definitiva y por exclusión que la alternativa del diseño sea una conclusión obligada. El argumento de la complejidad irreducible es un argumento estrictamente científico y tiene como misión denunciar la incapacidad de un proceso hipotético de acumulación en el tiempo de pequeñas mutaciones casi imperceptibles para construir sistemas complejísimos, organizados por un número a veces muy elevado de elementos, que no pueden ser funcionales hasta que todos los elementos necesarios hayan coincidido en el lugar preciso. Este criterio ha tenido un amplio eco en la comunidad científica y por supuesto mucho más allá de las filas de los partidarios del DI, ya que no se trata de una propuesta ideológica ni filosófica, sino estrictamente científica y formulada en términos difícilmente objetables. El hecho de que hayamos descartado el mecanismo darwinista de evolución como una propuesta sostenible no nos permite afirmar que la alternativa de diseño se imponga por exclusión ya que si tal hiciésemos estaríamos corriendo el riesgo de argumentar por la ignorancia, y la acusación habitual de que se recurre al “Dios de los Huecos” tendría base de sustentación. La simple afirmación de que la hipótesis de diseño es más razonable que la hipótesis darwinista es una argumentación resbaladiza, la disyuntiva resulta inapropiada. El mecanismo darwinista de evolución gradual por acumulación de mutaciones fortuitas es una hipótesis científica; la inferencia de diseño, en cambio, es una propuesta de naturaleza filosófica ya que no nos habla de “cómo” son las cosas o de cómo se han formado, sino de cuál es su razón de ser. El diseño nos habla de un principio causal metafísico, no de un proceso verificable empíricamente, sin que por ello la inferencia resulte menos legítima, sino al contrario, imprescindible en el proceso racional de construcción del conocimiento de la realidad.

Es fundamental por otra parte en la defensa de la inferencia de diseño no incurrir en la falacia de la afirmación del consecuente, algo que, desgraciadamente, no es inusual. Esta falacia consiste en formular un razonamiento del tipo siguiente.

Si A es cierto, entonces se daría B
Se da B
Luego A es cierto.

La falacia reside en que la existencia de B puede venir también motivada por otras causas distintas de A. A veces se discurre inadvertidamente de manera similar en la literatura afín al movimiento del DI: si la naturaleza fuese el resultado de una agencia inteligente entonces encontraríamos entre los organismos que la componen signos específicos de estructuración funcional. Puesto que encontramos tales signos, la agencia inteligente queda probada.

Esta falacia en forma de razonamiento deductivo es equivalente a la falacia que habitualmente encontramos en el discurso evolucionista y que consiste en convertir a los indicios que apuntan a una hipótesis causal en pruebas de la propia hipótesis imaginada. Si se hubiera producido un proceso de tipo evolutivo, se nos dice, veríamos determinados rasgos o analogías entre los seres vivos. Puesto que tales semejanzas existen, el hecho evolutivo se pretende probado. Muy a menudo esta falacia se presenta también como un ejercicio de trabajo propio del método científico. Supuestamente el método científico consiste en imaginar hipótesis, formular predicciones y verificar empíricamente las predicciones realizadas. El deseo de reivindicar un estatus científico para todas nuestras indagaciones lleva a muchos estudiosos a reconvertir sus indagaciones bajo la apariencia de un trabajo ajustado a dicho método. Pero si no actuamos con rigor, las “predicciones” imaginadas se convierten en un mero ejercicio de falsificación del discurso. “Predecir” que si las formas vivas fuesen el fruto de un diseño inteligente (o en su caso, de un proceso darwinista de cambio) entonces se verificaría tal o cual circunstancia es una práctica incorrecta ya que saca de su contexto y de su ámbito de aplicación uno de los principios elementales del método científico; es razonable predecir un evento como consecuencia de la sujeción de un objeto a una cierta regularidad física, pero no es “predecir” imaginar las características consustanciales a hipotéticos especimenes de entre los seres vivos existentes o extintos. El criterio de falsabilidad de Popper, y este es un tema que merece más exhaustivas consideraciones, no es el apropiado para juzgar las propuestas de disciplinas de carácter histórico como las que convergen en el debate sobre los orígenes. Es, sí, un criterio adecuado para disciplinas como la física que tratan de explicar la existencia de leyes inmutables y de fuerzas permanentes que condicionan el movimiento y el cambio de los aspectos materiales de la realidad. Es un principio que conviene a las disciplinas que se ajustan al método inductivo como forma de razonamiento, pero no a aquellas que, buscando las causas a partir de los efectos, se acomodan al método abductivo, es decir, la inferencia de la mejor explicación.

Próximo post: La insuficiencia de la explicación naturalista.

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