El Diseño Inteligente como inferencia filosófica. Parte 3

BacterialEl movimiento del Diseño Inteligente (DI)

Este tipo de intuiciones, los relativos a la inferencia de diseño, es lo que pretenden despertar en nosotros los partidarios del movimiento DI; corresponde ahora juzgar con qué elementos de convicción presentan sus propuestas. El movimiento DI, surgido en Norteamérica, cuenta en la actualidad con gran número de seguidores entre la comunidad científica y filosófica, y se extiende paulatinamente por todo el mundo. Permanentemente se publican libros y se producen actos de debate o conferencias en los que sus miembros defienden públicamente sus posiciones.

También a nivel político se ha planteado en Estados Unidos una batalla para reivindicar el derecho a discrepar del paradigma darwinista en la enseñanza pública, presentando tanto las fortalezas como las debilidades de la hipótesis evolucionista. La idea general del movimiento puede definirse, de acuerdo con sus propias manifestaciones, de la siguiente manera: la teoría del DI sostiene que ciertos rasgos del Universo y de las formas de vida presentes en él se explican mejor bajo la hipótesis de una causa inteligente que no de una causa meramente natural y no guiada como por ejemplo la selección natural. A través del estudio de los rasgos de un sistema se puede concluir si nos encontramos ante un sistema originado por azar, como consecuencia de una ley física, como consecuencia de una agencia inteligente o una conjunción de algunas de esas causas. Se pueden encontrar huellas de una agencia inteligente en el orden del cosmos y las leyes físicas que lo rigen, en su sorprendente e improbable capacidad para hacer posible la vida en nuestro planeta, en la irreducible complejidad de los más elementales organismos vivos, o en los saltos inexplicables de complejidad de las formas vivas en el tiempo como por ejemplo en la llamada explosión del Cámbrico. Todos estos acontecimientos se explican de manera más razonable como consecuencia de una causa no natural que como efecto de las leyes naturales que conocemos que gobiernan la materia y el cosmos.

El autor que ha dedicado más esfuerzos a sentar las bases teóricas y filosóficas del movimiento es William Dembski, filósofo y matemático que ha publicado varios libros en los que ha argumentado sus posiciones de manera rigurosa y exhaustiva. El argumento principal en el que Dembski basa la reivindicación de diseño como la inferencia más razonable ante determinadas estructuras o sistemas presentes en la Naturaleza es el argumento de la complejidad especificada. Se considera que una estructura o sistema físico o biológico presenta una alta complejidad cuando los elementos que lo componen o los rasgos que lo conforman y dotan de cohesión no son fácilmente replicables de manera casual, no son subsumibles en un patrón formal fácilmente obtenible.

Se considera que un sistema presenta rasgos de especificidad cuando además es capaz de hacer emerger un patrón, una función o un efecto que las partes que lo componen por sí solas no pueden producir. Dembski sostiene que cuando un sistema presenta rasgos inequívocos de complejidad especificada, entonces la inferencia de diseño es legítima, ya que la probabilidad de que la Naturaleza haya producido de forma espontánea y fortuita un sistema tal es ínfima.

Las posiciones de los autores del movimiento son puramente racionales y deben ser analizadas en términos científicos y filosóficos. Pretender desacreditarlas alegando que provienen de convicciones religiosas previas es una artimaña torticera que debe ser desechada de raíz, ningún escrito o propuesta de los autores adscritos al movimiento discurre como conclusión de prejuicios religiosos introducidos subrepticiamente en el discurso. Y este punto de partida es igualmente sostenible independientemente de cuáles sean las convicciones religiosas personales que cada autor pueda albergar al margen de sus trabajos científicos o filosóficos. Es importante reseñar que las propuestas del movimiento se ajustan perfectamente a la naturaleza abductiva, es decir hipotética, propia de las inferencias de diseño. La literatura del DI ha acogido desde su inicio un discurso hipotético perfectamente razonable que se enmarca justamente en el esquema lógico que corresponde a la naturaleza de sus reflexiones. “The inference to the best explanation” es la fórmula más comúnmente acogida por los proponentes del movimiento. Sin hacer grandes disquisiciones lógicas la inferencia de diseño se nos presenta siempre como una explicación más razonable que su contraria, como un argumento no definitivo pero sí con una superior capacidad explicativa, y en este sentido tenemos que reconocer que una adscripción oportuna y acertada a un método de razonamiento adecuado es, cuando menos, un punto de partida favorable para evaluar positivamente las propuestas del movimiento.

Los autores del movimiento se adscriben en dos disciplinas fundamentales, la cosmología y la biología; en definitiva, nada nuevo bajo el sol. Las mismas razones que movieron hace dos mil quinientos años a los pensadores griegos a intuir la existencia de una mente suprema ordenadora siguen siendo la causa de las actuales inferencias de diseño. Sin embargo, entre una y otra disciplina es preciso hacer alguna matización y puntualizar el diverso vigor de las convicciones que suscitan en nosotros sus respectivas conclusiones. La inferencia de diseño en la cosmología se ha desarrollado en las últimas décadas, no como fruto simplemente de la maravillosa y fascinante grandeza y armonía del cosmos, tal como la percibieron los filósofos de la antigüedad, sino como consecuencia del avance prodigioso en el conocimiento científico del Universo. Ahora sabemos que la materialidad del cosmos en la forma en que la conocemos es posible como consecuencia de la conjunción altísimamente improbable de una serie de magnitudes y constantes que determinan la evolución de la materia desde el Big-bang hasta nuestros días, haciendo posible de manera casi milagrosa la formación de los elementos más pesados, y su ordenación y consolidación dando lugar a las galaxias y los planetas y estrellas que los conforman. Más fascinante todavía es la improbable coincidencia de factores y variables que resultan imprescindibles para que la vida pueda desarrollarse y subsistir en este recóndito rincón del Universo que es nuestro hogar planetario. Dicha conjunción improbable de factores reúne las condiciones de complejidad, es decir, de improbabilidad y aleatoriedad que postula la teoría de Dembski. El hecho de que tal complejidad produzca el efecto o la función de hacer posible el albergar la vida, como resultado de la conjunción necesaria de multitud de variables inconexas, puesto que no se determinan las unas a las otras en modo alguno, invita a muchos autores a inferir que la específica constitución de nuestro Universo y la existencia de la vida inteligente en él, no son fruto de la casualidad.

A estas reflexiones podemos añadir algunas nuevas de gran interés. El libro de Guillermo González y Jay Richards aparecido en 2004 “The privileged planet” mantiene una tesis sorprendente. Sus estudios profundos les han llevado a la conclusión de que nuestra ubicación en el cosmos presenta unas características absolutamente privilegiadas para la observación y el estudio del Universo. Tanto nuestra ubicación en el sistema solar y de éste en la galaxia, como las específicas condiciones de nuestra particular atmósfera, amén de un sinfín de detalles coincidentes, nos facilitan de manera inusual la tarea de escrutar en los horizontes del Universo lejano y nos otorgan una privilegiada capacidad de adquirir conocimientos en torno al mismo. La ubicación de seres racionales en un planeta que reúne precisamente, no sólo condiciones excepcionales para albergar la vida, sino condiciones llamativamente singulares para escudriñar el abismo sideral del cosmos recóndito, representa para estos autores un ejemplo más de funcionalidad que hace surgir la sospecha de una huella de diseño en nuestro mundo.

Sin embargo, las inferencias de diseño que surgen de los avances de la cosmología no tienen la fuerza de convicción que podemos encontrar en los complejos sistemas de organización funcional que son los seres vivos, en especial cuando nos enfrentamos al criterio de la complejidad irreducible, como enseguida veremos. Podemos hablar por lo tanto, de inferencias de diseño débiles, y de inferencias de diseño fuertes. Las primeras provienen de la cosmología y las segundas emergen básicamente de la biología y la genética.

Las inferencias que provienen de la cosmología son más débiles porque el “ajuste fino”, como se denomina la confluencia fascinante de variables y leyes que permiten que nuestro Universo albergue la vida, no constituye en sí mismo una explicación suficiente para ésta. Quiero decir que la vida no es en sí misma una propiedad necesariamente emergente de dicho ajuste fino. Las condiciones que posibilitan la vida pueden considerarse como un ejemplo de complejidad especificada de manera indirecta ya que por sí mismas constituyen condición necesaria para la vida pero en absoluto suficiente. No existe por lo tanto un sistema estructurado de cuya conjunción de elementos surja por fuerza una propiedad emergente novedosa. De alguna manera nos encontramos aquí con una forma perfecta de argumento por analogía sin que podamos deducir de él la necesidad de un diseñador. Si acaso podemos intuir o sospechar la idea de diseño porque nuestro instinto racional así nos lo apunte, pero es indudable que, de acuerdo con Kant, resulta inadecuado pretender que la razón pueda saltar de la sospecha de diseño a la afirmación concluyente del mismo. Hay que defender sin embargo que, si bien la inferencia de diseño que suscita es insuficiente para reivindicar la certeza de la existencia de un diseñador-creador por vía de razonamiento deductivo, los argumentos de este tipo y también, preciso es decirlo, de una manera general los argumentos por analogía, son perfectamente legítimos para reivindicar en términos abductivos, es decir, hipotéticos, una primera causa. Recordemos que el conocimiento humano se nutre de convicciones y que éstas rara vez se nos presentan en grado de certeza. Para alimentar nuestras convicciones, muchas formas de inferencia, o mejor dicho, muchos grados de inferencia son legítimos. Apuntar que un Universo originado en una mente suprema, como pretendía Anaxágoras, es una explicación más razonable del orden y armonía en él contenidos que la emergencia fortuita y por azar de los mismos, es razonable. Este Universo suscita en nosotros, tal vez por analogía, pero incluso así de forma legítima, inferencias de diseño.

Las pretensiones reivindicativas de la parte del movimiento que se ocupa de la biología son ciertamente más ambiciosas. En este campo de la actividad científica descolla principalmente la figura de Michael Behe, autor de dos libros del máximo interés: “Darwin ́s black box” y “The edge of evolution”. Hay que señalar que una parte importante de la actividad de los proponentes del DI está destinada a resaltar y poner en evidencia las anomalías del paradigma darwinista. Existe por lo tanto un trabajo de fondo estrictamente científico y Behe es un buen exponente de esa labor, como lo es Guillermo González en el campo de la astronomía. En el primero de los libros mencionados Behe desarrolla el argumento que le ha valido el reconocimiento de la comunidad científica internacional (a excepción por supuesto de los darwinistas más recalcitrantes), el de la imposibilidad de que organismos o estructuras biológicas que presentan caracteres de complejidad irreducible puedan haber emergido por un proceso de acumulación de variaciones o mutaciones fortuitas, y no guiadas a propósito alguno. En el segundo libro desarrolla un argumento, ya introducido por Margulis en sus diferentes trabajos, y sobre el que hay hoy día abundante literatura: la idea de que la naturaleza de las mutaciones fortuitas que se producen de manera espontánea en el proceso reproductivo de los seres vivos no permite albergar la hipótesis de que éstas sean el origen de la aparición de nuevas y más complejas formas de vida a partir de organismos de menor complejidad.

Recordemos el argumento de la complejidad irreducible de Behe: un sistema es irreduciblemente complejo cuando está compuesto por un número de partes de forma que si faltase cualquiera de ellas el sistema dejaría de prestar su función característica. Un sistema irreduciblemente complejo no puede tener fases intermedias funcionales. Si éste fue producido por algún ser inteligente, como en el caso de cualquier artefacto construido por el hombre, una construcción por etapas será mantenida sólo por la intención del productor. Pero en una Naturaleza no intencional las fases intermedias no funcionales carecen de una razón para perdurar y esperar un evento futuro que les otorgue carácter funcional, ya que, en pura lógica darwinista, la Naturaleza sólo seleccionaría sistemas funcionales capaces de dotar a un organismo de alguna ventaja para la supervivencia. Desde el ojo humano hasta el sistema de coagulación de la sangre, los organismos superiores están repletos de sistemas bioquímicos que presentan esta condición. Y no solamente al nivel de partes o sistemas desarrollados en organismos superiores, a nivel celular tal tipo de sistemas se pueden reconocer también con facilidad, por ejemplo el flagelo bacterial, o incluso simplemente el ribosoma, esa maquinaria celular elemental pero fundamental en el proceso de replicación de los seres vivos.

Habitualmente se suele presentar el argumento de Behe de la complejidad irreducible como un caso concreto del argumento más general de la complejidad especificada. Sin embargo los matices son importantes y hay que resaltarlos. El argumento de Dembski es esencialmente teórico y abstracto, aplicable a distintos ámbitos y circunstancias. Sin embargo, el reto que nos planteara Kant es bien concreto. Si queremos adquirir el mayor grado posible de convicción en torno a la inferencia de diseño lo que debemos proponernos verificar es si los sistemas presentan de hecho en la Naturaleza características que no pueden ser explicadas por las reglas generales que la rigen. Behe nos transporta así al mundo de lo concreto, de lo verificable de manera directa. Si conseguimos, como Kant sugiere, demostrar tal cosa, sólo entonces, tal como el propio kant señalara, estaríamos en condiciones de demostrar, no sólo la existencia de diseño sino también la existencia de un creador eficaz. De hecho, la cita de la “Crítica de la razón pura” que antes hemos entresacado en relación al argumento de diseño es una cita incompleta, pues termina con unas palabras de gran significación: “…mas para ello precisaríanse muy otros argumentos que los de la analogía con el arte humano. Así pues, la prueba podría a lo sumo mostrar un arquitecto del mundo, que siempre estaría muy limitado por la acomodabilidad del material que trabaja, pero no un creador del mundo a cuya idea todo está sometido.”

Próximo post: La naturaleza filosófica del argumento y su rigor lógico.

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