El Diseño Inteligente como inferencia filosófica. Parte 2

kantEl paso de la inferencia al argumento deductivo y la crítica de Kant

En el post anterior se trató como las inferencias filosóficas de la antigüedad postularon la necesidad de la existencia de un intelecto supremo causante del orden y, así mismo, del concierto del cosmos como una inferencia de la explicación más razonable para justificar la realidad material de la que somos parte privilegiada. Sin embargo, este carácter de inferencia razonable, probable, sufre una transformación cuando nos asomamos al discurso deductivo que impregna la teología tomista. Santo Tomás de Aquino fue el gran pensador de la cristiandad y acometió el trabajo titánico de recopilar el saber de su tiempo, y en concreto, de construir un sistema filosófico capaz de armonizar las aportaciones de la filosofía helénica con el “conocimiento” de la realidad emanado de la Revelación. Este paso debe ser analizado con detenimiento. Lo primero que debemos entender es que la construcción teórica del aquinate en este campo supone una profundización en la idea religiosa de Dios y una adaptación de las intuiciones filosóficas de los autores griegos, y en especial de Aristóteles, a un esquema de certezas preconcebidas. Para los intelectuales medievales, afectos todos al mundo eclesial, la idea de Dios era una certeza incuestionable que, procediendo de la Revelación, enmarcaba todo discurso y toda reflexión; Dios no se les aparece como una conclusión de nuestras indagaciones sino como una luz que preside las mismas y que acomoda todas las intuiciones. La filosofía, con Santo Tomás, se desvanece a manos de la teología, pierde su carácter especulativo e intuitivo para convertirse en un instrumento dialéctico de confirmación de verdades ya conocidas. La inferencia especulativa de una cierta idea de dios como primera causa de todo lo existente se convierte, en sus manos, en un argumento deductivo y concluyente de la existencia necesaria del Dios de Abraham. El estatus epistemológico de la intuición ha sido pervertido y la idea religiosa de Dios se ha colado de rondón en el discurso poniendo las bases de un fundamentalismo que a partir de ese momento impregnará toda la filosofía de la era cristiana, en especial la filosofía moral e incluso la política. Dios se erige como principio explicativo, causa y fundamento de todo; el derecho político y la teoría del Estado nacen de la idea sobreentendida de un Dios personal fuente de todo poder legítimo; nace el concepto de “instituciones de derecho natural” y este concepto se extiende al ámbito de la vida en sociedad de los pueblos igual que al ámbito de la vida familiar. Toda justificación nace de la idea previamente establecida de la existencia cierta y concluyente de un Dios personal, Creador de todo lo existente. El lenguaje religioso y el lenguaje racional de la indagación filosófica se confunden, desafortunadamente, en un discurso único.

Pero la idea de dios que nos propuso Aristóteles no es, en absoluto, la idea tomista de Dios. El dios con minúscula de los filósofos es, pues, una especulación intuitiva que se nos ofrece como la solución más razonable, y que va conformando sus atributos a partir de la observación de la realidad y de una reflexión metafísica rigurosa y atinada en torno al ser y sus condiciones de existencia; también una intuición que nace de la observación del orden en el cosmos y la compleja organización de los seres vivos. Es un dios del que poco sabemos, y de cuyo propósito con relación a nosotros nada podemos concluir. El discurso racional no nos permite intuir un alma inmortal ni tampoco una vida eterna después de la muerte. Estas convicciones nacen de la Revelación. La Revelación nos aporta la idea de Dios, con mayúsculas, como un Ser personal con el que podemos establecer relaciones de comunicación y de complicidad. Un Dios que nos invita a una vida eterna y que se compromete, como esperaba Kant, a hacer justicia en la otra vida a quienes no hayan visto en esta terrena recompensado su esfuerzo o el valor moral de sus acciones. Todas estas convicciones nacen de la creencia tradicional en un mensaje revelado, son por lo tanto, convicciones estrictamente a-racionales y no tienen cabida en el debate racional. La filosofía teológica del santo de Aquino, en lo que se refiere al estatus epistemológico de la idea de Dios que nos ofrece, supone en gran medida una deformación de las conclusiones legítimas del discurso filosófico tradicional.

Esta contaminación del discurso filosófico duró hasta Kant. En su “Crítica de la razón pura”, y sintetizando las aportaciones de otros filósofos, en especial del racionalismo francés y del empirismo anglosajón, Kant estableció que los argumentos deductivos para la demostración de la idea de Dios no eran sostenibles ya que incurrían necesariamente en una falacia lógica. Dios, nos explicó el filósofo alemán, no es un concepto del que podamos concluir certeza alguna, es una hipótesis inalcanzable para nuestra razón. Es verdad que las enseñanzas del aquinate se siguen presentando como verdades incuestionables aún hoy en nuestros días en muchos ámbitos culturales e intelectuales y que se siguen publicando libros en España que argumentan la existencia de Dios desde el punto de vista del razonamiento deductivo. No es el caso en la cultura anglosajona donde muy importantes esfuerzos para argumentar la existencia de Dios siguen perfectamente actualizados pero siempre desde un punto de vista “inductivo”. Así al menos se presentan las argumentaciones de autores tan importantes como Swinburne, si bien sería más adecuado calificarlos de argumentos abductivos como hacemos en este trabajo. Sin embargo las conclusiones de Kant en este sentido pueden considerarse como definitivas en la historia de la filosofía; no tienen vuelta atrás. Lo que nos cabe ahora es entender correctamente las consecuencias de sus enseñanzas. Algunos, equivocadamente, cayeron en la desesperanza y la angustia al entender que la argumentación de Kant nos dejaba huérfanos de horizonte existencial, ciegos en un mundo sin rumbo ni orientación a merced de nuestras incertidumbres y de cualquier propuesta metafísica por arbitraria que sea.

Nada menos exacto. Lo que Kant nos ofrece no es el desánimo o la falta de conocimiento. Lo que cabe ahora, después de Kant, es recuperar el sentido primigenio de la filosofía tal como la concibieron los antiguos griegos: la filosofía como especulación racional, como una forma de ir asentando nuestras convicciones, no sobre el pilar indestructible de la certeza, sino como inferencias legítimas y probables que nos permiten acercarnos poco a poco a un cierto conocimiento de la realidad dentro de los límites de nuestra condición racional. Dichas convicciones nos permitirán sustentar nuestra identidad humana y nuestra idea de un sentido y una orientación para nuestra existencia. El dios de Aristóteles renace con toda su fuerza después de Kant, las inferencias metafísicas de Parménides (de la nada, nada puede salir) recobran su sentido primigenio. La intuición de Anaxágoras en torno al Nous se nos hace de nuevo evidente en toda su fuerza de convicción, como una sospecha legítima, razonable, que alimenta nuestras convicciones en la necesidad de remitirnos a una causa no natural, externa al propio cosmos, para explicar una complejidad y una organización en la vida que la Naturaleza no puede por sí sola justificar. Recuperamos así el sentido especulativo e intuitivo de nuestra idea de dios, como un ser creador, capaz de explicar el diseño que observamos en la Naturaleza; no como una conclusión invencible, sino como la inferencia a la mejor explicación, posiblemente, el único tipo de convicción que podemos albergar compatible con nuestra reivindicada condición de seres libres, no determinados. Recuperamos así un concepto exclusivamente racional de dios, como primera causa, como primer motor, pero dejamos a la intimidad de cada cuál sus convicciones personales en torno a una realidad sobrenatural que pertenece al ámbito de la religión y la Revelación.

Desde esta posición resulta más fácil afrontar las objeciones ya clásicas en contra de la inferencia de diseño alegando la inconsistencia lógica del argumento teleológico. Los argumentos falaces deben ser desechados, nada hay que objetar, pero las objeciones falaces también. El que los argumentos deductivos para la existencia de Dios sean incorrectos, sólo quiere decir que se ha elegido un camino equivocado, no que el destino buscado no exista. La demostración de la inexistencia de Dios, nos dijo Kant también, es igualmente inconsistente. La inferencia de dios como una explicación razonable, en términos de probabilidad y no de certeza, es una posición inatacable en pura lógica; la consistencia de la posición y la convicción que pueda suscitar la propuesta dependerán de la base científica sobre la que se construya y de la coherencia del razonamiento que apliquemos a esa base. Pero esta reflexión es especialmente apta para considerar las inferencias de diseño que surgen de la investigación científica y en concreto de la biología. Las intuiciones que conducen a la idea de dios son de diversa naturaleza, unas se basan en la contingencia de todo lo existente, otras en la observación del cambio o del movimiento de las cosas en el cosmos; algunas inferencias se desprenden de la complejidad armoniosa del Universo o de la organización funcional de la vida y sus formas. Estas dos últimas constituyen la base de la inferencia de diseño que a lo largo de la historia del pensamiento humano ha estado siempre presente. El propio Kant se refirió a esta clase de inferencia, pero lo hizo de forma que merece un comentario aclaratorio. Por supuesto, su crítica se refería al argumento teleológico de la existencia de Dios, y denunció, al igual que hizo con el resto de argumentos deductivos, su inconsistencia lógica.

Para Kant, el argumento teleológico, como intento de llegar por la sola razón a la demostración de la existencia de Dios, se acaba reduciendo a un argumento por analogía, es decir, a una extrapolación de las ideas de organización y orden que vemos presentes en las cosas obra del artificio humano y producidas por su intelecto racional. Pero los argumentos por analogía no son concluyentes, y en este caso acaba desembocando en un argumento cosmológico, y éste a su vez se sustenta finalmente sobre el argumento ontológico que Kant considera esencialmente inconsistente. Sin embargo, la sutil diferenciación entre un argumento pretendidamente concluyente y la inferencia abductiva capaz de alumbrar en nosotros profundas convicciones planea inadvertidamente sobre los comentarios del propio Kant. El asombro y la fascinación que el orden de la Naturaleza es capaz de suscitar en nosotros, y su capacidad de invocación de una causa no natural son de tal envergadura que Kant no duda en calificar al argumento del designio o finalidad (que se apoya, como ya he dicho en la apariencia de diseño en la Naturaleza) como “la prueba más antigua, la más clara, la más adecuada a la razón común humana” de entre las pruebas que pretenden demostrar la existencia de un Sumo Hacedor. Y el propio Kant nos da una prueba de lo que falta para poder considerar tal argumento como una verdadera “prueba” concluyente, al decir que “sería preciso además que se pudiese demostrar que las cosas del mundo serían en sí mismas impropias para semejante ordenación y armonía, según leyes generales, si no fueran, según su substancia misma, el producto de una suprema sabiduría.” Y añade: “mas para ello precisaríanse muy otros argumentos que los de la analogía con el arte humano.” Kant rechaza el argumento teleológico en cuanto que argumento deductivo concluyente, pero reconoce la fascinación que desprende el orden inherente a la Naturaleza. El argumento por analogía no le parece suficientemente concluyente, el hecho de que las cosas presenten similitudes, en cuanto al diseño y organización funcional, con otros artificios que sabemos son producto de la humana fabricación y diseño no basta para presentarnos la evidencia de una agencia inteligente. Sólo nos queda un camino a seguir, intentar demostrar que el orden y la funcionalidad de los elementos del Universo, al menos de algunos especialmente destacados (como los seres vivos que habitan nuestro planeta), no pueden explicarse por la sola confluencia de las leyes del cosmos actuando en solitario sobre la materia inanimada inicialmente existente. Si lo conseguimos, (y esto es preciso matizar a las palabras de Kant) y sólo en la medida en que podamos aproximarnos a despertar convicciones profundas al respecto, habremos avanzado en la tarea de consagrar inferencias de probabilidad en torno a la existencia del dios de los filósofos, y ésta es sin duda la máxima aspiración que nos podemos plantear.

Próximo post: El movimiento del Diseño Inteligente (DI)

Una Respuesta para El Diseño Inteligente como inferencia filosófica. Parte 2

  1. Yo no estaría de acuerdo con Kant.Lo que hace esencialmente el argumento tomista es constatar el desnivel entre la inconsciencia de lo seres naturales y la inteligencia que se revela en su accionar, y concluir de ahí la necesidad de una Causa Inteligente de la naturaleza que necesita aún de otros argumentos para poder probarse como Causa Creadora (y por tanto, Primera. La comparación con la actividad humana sirve de refuerzo y aclaración: la flecha se dirige acertadamente al blanco, pero no por sí misma, sino por el arquero. Hoy diríamos: la computadora funciona inteligentemente, pero no piensa. Pero me parece que el resorte del argumento no es una comparación, sino un principio abstracto, universal, que dice que “un efecto inteligente supone una causa inteligente”, sin hacer referencia específicamente a la inteligencia humana ni a ninguna otra inteligencia en particular.

Deje una respuesta

Leer entrada anterior
El Diseño Inteligente como inferencia filosófica. Parte 1

La inferencia de diseño en la antigüedad La inferencia de diseño es vieja como la propia Humanidad. Ya en el...

Cerrar