El Darwinismo y la Teoría de la Forma

Por Felipe Aizpún

Todo modelo evolucionista debe, necesariamente, contener una Teoría de la Forma, es decir, una propuesta que pueda justificar la emergencia, en términos de causalidad, de las formas complejas y maravillosamente aptas (casi perfectas) de tantos y tantos organismos vivos. Recordemos que la existencia de diseño en la Naturaleza no se cuestiona, lo que se cuestiona es el origen intencional y la causalidad inteligente del mismo. El diseño en los seres vivos es un dato objetivo de la realidad: la existencia de una conjunción organizada de elementos capaces de hacer emerger una función biológica compleja en forma de ser vivo específico y diferenciado de otros seres vivos.

El darwinismo nos aportó, supuestamente, la más fascinante idea que un ser humano había alumbrado en la historia del pensamiento: el diseño sin diseñador. La cosa funciona más o menos así. Imagínese que usted forma parte de un grupo de visitantes que, a las órdenes de un guía turístico, visita la catedral de Notre Dame de Paris. Usted pregunta: ¿Cómo pudo haberse originado semejante obra de arte? El guía responde: Muy sencillo, Señor; primero pusieron una piedra, luego añadieron una segunda, después otra, y así poco a poco se fueron poniendo todas las piedras de forma imperceptiblemente gradual hasta que la construcción quedó completada. La respuesta es científicamente correcta, históricamente exacta, pero perfectamente insuficiente.

La Teoría de la Forma responde a la necesidad de explicar cómo una estructura compleja y funcional ha emergido a la realidad; no solamente por lo que al proceso constructivo se refiere, sino principalmente por lo que compete a la emergencia del artefacto diseñado en su complejidad organizativa como un todo perfectamente funcional. Y el darwinismo carece por completo de una Teoría de la Forma consistente. No solamente carece de un recuento histórico creíble (la emergencia de la forma real como acumulación de pequeñas variaciones fortuitas) sino que, principalmente, adolece de un error conceptual crítico para el paradigma, la imposible justificación de la forma biológica como efecto del ciego azar y de la selección natural actuando sobre las diversas estructuras biológicas, fortuitamente sobrevenidas.

En su libro reciente “Why Evolution is True”, Jerry Coyne se esfuerza en ofrecernos (pag 3) una definición de la teoría darwinista de la evolución que sintetiza perfectamente el fallo del modelo en relación a la justificación de las formas biológicas:

“La vida en la Tierra evolucionó gradualmente comenzando por una especie primigenia –quizás una molécula auto-replicante- que vivió hace más de 3.500 millones de años y que se fue desdoblando en el tiempo arrojando muchas nuevas y diversas especies; y el mecanismo para la mayoría (aunque no todo) del cambio evolutivo es la selección natural.”

El modelo darwinista prescinde por completo de una Teoría de la Forma, las especies, simplemente aparecieron por evolución y punto. Para los darwinistas, lo único relevante es encontrar restos fósiles que puedan ser presentados como hipotéticas formas transicionales, y a partir de ahí, exigen que se acepte que la existencia de las mismas justifica la integridad de su discurso, es decir, tanto la existencia de un proceso efectivamente ocurrido, como su particular explicación justificativa, el azar como causa y como origen de las formas en el tiempo. Nada hay que objetar a que los restos fósiles son esenciales para explicar la naturaleza y los mecanismos de un hipotético proceso evolutivo, pero son completamente insuficientes para justificar el origen, el impulso y la finalidad inherente al proceso en sí. El “cómo” no es suficiente, necesitamos el “por qué”.

Son muchos los autores y los investigadores que, desde el campo del naturalismo filosófico, han terminado por aceptar esta realidad. El prestigioso microbiólogo y profesor del New York Medical College Stuart Newman lo explica con detalle en la entrevista concedida a Suzan Mazur para el libro “The Altenberg 16”. El gen-centrismo inherente al neo-darwinismo clásico no puede justificar el proceso. Los genes son, sin duda, la base del mecanismo de la herencia, pero la codificación de los bloques de la vida (las proteínas) no basta para explicar la “forma” de los diferentes seres vivos; hacen falta otros elementos determinantes de la morfogénesis de cada especie diferenciada: “…quizás, la consolidación genética de patrones y formas vino después del origen de tales patrones y formas”. De acuerdo, pero necesitamos una explicación de dicho origen.

También en su libro del pasado año 2010 “What Darwin got wrong” Fodor y Piatelli-Palmarini abundan en la insolvencia del discurso darwinista por lo que a la generación de las formas diferenciadas se refiere y, fieles a su compromiso declarado con el paradigma naturalista, abogan por un cambio de rumbo en dirección a la búsqueda de soluciones al enigma en el determinismo por medio de ciertas “leyes de la forma” pendientes de encontrarse. EL azar no vale y la selección natural no es un discurso capaz de remedar las carencias de aquel en orden a justificar el diseño inherente a las formas vivas. Por lo tanto, en el seno del discurso naturalista, “tiene” que haber sido la necesidad. Azar y necesidad son las dos únicas alternativas asumibles en el paradigma naturalista, el diseño intencional, por prejuicios metafísicos, debe ser rechazado a priori. El problema es que las leyes naturales que conocemos carecen de capacidad para especificar forma alguna, se limitan a servir de “barrera” (constraint) para delimitar y condicionar las relaciones de los objetos entre sí en su devenir cósmico; pero su capacidad de determinación y especificación es muy limitada y no pueden justificar la complejidad. Mientras tanto, las “otras leyes” de la forma que preconizara Schrödinger hace más de medio siglo en su admirado “What is life”, al igual que los fósiles y eslabones perdidos anticipados por Darwin, siguen sin aparecer.

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