Darwin y los instintos de los seres vivos

Por Felipe Aizpún

Los instintos constituyen una parte esencial de la naturaleza de cada ser vivo. El instinto es el que permite su subsistencia, su relación con el entorno, su relación con los demás individuos de su especie y con el resto de los seres vivos, tanto con respecto a los que constituyen su alimento y por lo tanto de los que depende su subsistencia, como con respecto a los que constituyen un peligro para su supervivencia. Pero además los instintos impulsan conductas maravillosamente complejas y eficaces que favorecen su adaptación al medio. El instinto impulsa a las abejas a construir sus exactos paneles geométricos, y a las cigüeñas a construir nidos de asombrosa ejecución y consistencia. El instinto permite a las aves desplazarse a través de los mares y los continentes para regresar al año siguiente a su lugar de origen. Un animal no es simplemente un manojo de células funcionalmente articuladas. Lo que lo define plenamente como ser vivo es su actitud y su conducta ante su entorno.

Fisiología y conducta son las dos bases que conforman la naturaleza de cualquier ser vivo. La idea de que la conducta instintiva de los seres vivos no es otra cosa que la expresión génica de una determinada secuencia molecular codificadora ha sido admitida como algo obvio de forma general y se ha considerado como una explicación suficiente, sin que exista en realidad bastante base científica que ampare tal convicción. Se trata por supuesto de una visión reduccionista, desgraciadamente imposible de evitar en la biología. Esta visión reduccionista y la idea errónea sobre la que se ha construido el actual paradigma neo-darwinista de que cada gen codifica por un carácter o una característica determinada han llevado a algunos científicos a “encontrar” cosas tan peregrinas como el gen del miedo o el gen de la homosexualidad o el gen de la religiosidad. Este tipo de propuestas carece por completo de rigor y produce confusión entre el público generalista.

La realidad es por supuesto mucho más compleja, las soluciones simplistas resultan atractivas y reconfortantes pero es imprescindible que comprendamos que las simplificaciones excesivas nos apartan del conocimiento certero de la realidad. Los instintos de cada animal constituyen un acervo informacional enigmático y fascinante, conforman una realidad inmaterial, tan evidente y palpable como una roca, pero tan etérea e inasible como un soplo de aire. Puede que una secuencia molecular determinada o sus interacciones y activaciones en el seno del genoma lleguen a ser rastreadas materialmente como la base de determinados comportamientos instintivos, pero el hecho de que determinado soporte molecular tuviera la capacidad de configurar un sistema de respuestas conductuales e impulsos para la acción constituye en sí mismo todo un misterio que apenas hemos empezado, no ya a desentrañar, sino simplemente a conocer. Si no queremos reducir la biología a mera fisiología debemos comprender que la bio-logía, entendida como ciencia de la vida, debe abrirse a un enfoque multidisciplinar que se enriquezca de reflexiones tanto científicas como filosóficas capaces de entender la vida como algo que trasciende por completo la mera materialidad de organismos celulares activos.

El enigma de los instintos no le pasó desapercibido a Darwin ni mucho menos, pero lejos de aportar una explicación coherente sobre su naturaleza y su génesis se apresuró a declarar, en el capítulo a ellos dedicado en “El origen de las especies”, que desconocía su  origen, como el de las facultades mentales de los seres vivos en general, tanto como desconocía el propio origen de la vida. Darwin aplicó al enigma de los instintos la misma lógica que al conjunto de su teoría evolutiva de tal manera que los instintos se consideran características susceptibles de consolidarse por sucesivas variaciones graduales aleatorias sometidas a un proceso de selección natural. Y todo ello desde el desconocimiento confeso de la naturaleza y origen de los mismos.

Un planteamiento de este tipo resulta burdo y perfectamente alejado de la realidad. No es de extrañar que lo sea puesto que, recordemos, los conocimientos de Darwin en genética y en biología eran nulos y aproximaciones simplistas como ésta sólo de casualidad podrían haber encajado en la descripción de una realidad que hoy conocemos como algo fantásticamente complejo e indescifrable. Pero la ciencia no se construye a golpe de fortuna sino a través del esfuerzo y el estudio concienzudo y minucioso del conjunto de la comunidad científica. Pretender que las aves han adquirido el instinto de la construcción de sus nidos por puro azar es tanto como admitir que dicho instinto lo podría haber igualmente adquirido por azar un escarabajo zapatero. Pretender que los instintos se han ido conformando por el asentamiento progresivo de variaciones conductuales graduales es un desafío al sentido común. No existe nada más impensablemente inútil que un animal desprovisto, aunque sea parcialmente, de sus instintos; cada animal sólo es concebible dotado plenamente de los instintos que regulan su conducta, un acercamiento gradual a la consecución de impulsos coherentes de conducta frente al entorno y el resto de seres vivos no tiene sentido.

La paleontología nos enseña que las especies aparecen en el registro fósil de forma abrupta y que posteriormente se mantienen idénticas en el tiempo durante millones de años, a veces hasta su extinción (estasis). Lo razonable es pensar que aparecen de forma abrupta perfectamente pertrechadas del acervo de impulsos conductuales que garantizan su supervivencia. El discurso darwinista que pretende achacar la existencia de instintos y comportamientos, asombrosos por su eficacia adaptativa o por la consecución de soluciones optimas en términos de eficacia, a la superior capacidad para la supervivencia y reproducción de los individuos que primero recibieron tales dones en el seno del grupo resulta tan arbitrariamente fantasioso como un cuento de hadas. La diferencia entre instinto y hábito es determinante. Es perfectamente conocido que la base fundamental del comportamiento instintivo de los seres vivos no ha sido adquirida por hábito, es decir, no responde al resultado satisfactorio de respuestas adaptativas al ambiente desafiante.

La adaptación al medio no es sólo una cuestión de fisiología; ésta, desprovista de los instintos rectores de la conducta del ser vivo no tiene el más mínimo valor adaptativo. Los animales, cada especie, son lo que son, precisamente porque la coherencia entre sus condiciones morfológicas y sus reglas de conducta perfectamente determinada constituyen un todo armónico del que bien puede predicarse la complejidad irreducible que Behe reivindica para muchos organismos biológicos. Así, por ejemplo, lo entendían los autores Hornyanzsky y Tasi en su obre “Nature´s IQ” de 2009. El reto de explicar adecuadamente el papel, el origen y la significación de los instintos entre los seres vivos es un reto que el darwinismo ha sido incapaz de superar.

Darwin nos ofreció una explicación de una simplicidad sonrojante. Sus seguidores han pasado de puntillas sobre ello eludiendo afrontar con honestidad científica algo que escapa perfectamente a nuestra comprensión. En la obra “Evolución” de Dobzhansky, Ayala, y Stebbins y Valentine (1973) uno de los manuales más importantes de la moderna Teoría Sintética no se le dedica la más mínima atención a tan enigmática cuestión. En la más reciente publicación  de Mayr “What Evolution is” solamente encontramos una mención de pasada atribuyendo a Dawkins el comentario de que los comportamientos instintivos constituyen parte del fenotipo de cada especie. Al menos Darwin tuvo la honestidad de dedicar al asunto un capítulo entero, el número 8 de “El origen de los especies”. El problema de los instintos constituye una anomalía crítica al paradigma neo-darwinista. El hecho de que los defensores de la ortodoxia se hayan limitado a pasar de largo sobre cuestiones esenciales para la coherencia del modelo hace que éste pierda su supuesta capacidad explicativa global y debilite de manera muy seria sus reivindicaciones.

4 Respuestas para Darwin y los instintos de los seres vivos

  1. “Pretender que las aves han adquirido el instinto de la construcción de sus nidos por puro azar es tanto como admitir que dicho instinto lo podría haber igualmente adquirido por azar un escarabajo zapatero.”

    Inmensa verdad.

  2. ESTUVO BUENO EL TEXTO TODO ES CIERTO UNA COSA LOS ANIMALES NO PIENSAN ELLOS EN VES DE PENSAR USAN EL INSISTINTO ANIMAL

  3. El instinto y la vida están juntos desde su origen, ya que la vida no podría existir sin instintos.
    Lo interesante y desafiante es conocer como de la vida biológica orgánica surge un elemento inmaterial, como el instinto, imprescindible para su subsistencia. Tal vez se originaron por millones de causalidades no conocidas, que convergieron juntas.

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