Darwin, los darwinistas y el azar

Por Felipe Aizpún

400

El paradigma naturalista nos impone la existencia de únicamente dos opciones de causalidad: el azar y la necesidad. Es necesario sin embargo recordar que el recurso al azar como causa es una simple metáfora, un recurso explicativo interesado. El azar no existe, el azar no es causa, ni agente, ni fuerza ni principio activo de suerte alguna. El azar no es sino la invocación del efecto sin causa; en último extremo y recordando las palabras del físico y matemático francés Henri Poincaré, el azar no es sino la medida de nuestra ignorancia. Pues bien, la significación de la idea de azar en la obra de Darwin y el significado que, más adelante, se ha ido consolidando entre sus seguidores merece un comentario.

Ninguno de los elementos constitutivos de la teoría darwinista, la existencia de un grado de variabilidad observable en la Naturaleza en los procesos de reproducción, la selección natural y el hecho evolutivo en sí (descendencia con modificación a partir de una primigenia forma de vida antecesora) son intuiciones originales. La originalidad de su teoría radica en la forma en que supo combinar ideas existentes para construir una hipótesis deslumbrante. Pues bien, el papel esencial en la teoría de Darwin con vistas a justificar la creación de organismos cada vez más complejos corresponde al azar, es decir, a la existencia de mutaciones o modificaciones de caracteres morfológicos no predecibles en el proceso de reproducción, no dirigidos hacia resultado alguno predeterminado y de muy escasa entidad, casi imperceptibles, de acuerdo con el principio esencial “natura non facit saltum”. Es por ello que tanto el gradualismo como la aparición en el proceso de una infinidad de formas intermedias entre los organismos primitivos más elementales y los más complejos conocidos en la actualidad resultan condiciones esenciales a la teoría.

Pero la idea de azar no tiene para Darwin otra significación que la de causa desconocida. Para Darwin el azar es aquello que no podemos predecir porque desconocemos la existencia de una causa concreta que dirija el proceso, o si la hay, ésta no se nos manifiesta de manera reconocible lo que nos impide realizar predicciones verificables. Las variaciones que se producen en el proceso de reproducción no obedecen a ningún principio rector conocido, no pueden ser anticipadas a partir de la mera observación y el conocimiento de los progenitores.

Los seguidores actuales de Darwin por el contrario, equipados con un mayor conocimiento científico en relación a los procesos de la vida, han optado por considerarse suficientemente conocedores de todas las implicaciones científicas y metafísicas del proceso y han elevado la idea de azar a la categoría ontológica de causa, conformando una visión metafísica de un Universo regido por dos principios naturales que bastan para justificar todo lo existente: el azar y la necesidad. El azar ha sido exaltado a la condición ontológica de causa con el propósito fundamental de evitar la necesidad de una explicación causal eficiente ajena al propio cosmos. El darwinismo contemporáneo, al adoptar tal concepción, pretende consolidar la idea de que el diseño aparente en la Naturaleza no es sino una mera ilusión, un espejismo, y que la Naturaleza tiene sus propias reglas justificadoras sin necesidad de recurrir a instancias sobrenaturales para ser explicada, y que la vida, los seres vivos, y nuestra propia existencia carecen por completo de significación y de finalidad. Pero esta pretensión encuentra una oposición intelectual demasiado contundente para sostenerse de forma sólida, y el obstáculo principal para su aceptación es la idea controvertida y rechazada por muchos científicos y filósofos de que la complejidad maravillosa de la vida pueda ser el resultado del puro azar. Ello contradice de manera directa no sólo la experiencia sensible, sino también el sentido de racionalidad inherente al propio Universo y las leyes que lo rigen.

Conforme vamos adquiriendo más conocimientos de los mecanismos complejísimos de las formas esenciales de la vida (la célula), las acusaciones de reduccionismo y de ingenuidad simplista hacia la teoría darwinista se hacen más numerosas. Para muchos, la complejidad de la vida es de tal naturaleza que no existen modelos matemáticos capaces de justificar la adquisición por puro azar, en un proceso de variación aleatoria y casual de nuestro material genético, de dichos rasgos de complejidad presentes en la mayoría de los seres vivos en tan “sólo” el tiempo de existencia del Universo.

La crítica es tan firme y los argumentos tan evidentes que los defensores de la ortodoxia evolucionista han terminado por aceptar que la idea de azar es una idea importante en el proceso como fuente natural de la diversidad pero no suficiente para justificar todo el proceso. El propio Richard Dawkins ha terminado por decir en su best-seller “El espejismo de Dios” que el azar no puede ser la causa del progreso en la complejidad de los seres vivos, sino que la explicación de tan maravilloso resultado debe encontrarse en el papel rector de otro concepto esencial a la teoría: la selección natural. En realidad, y mal que le pese a Dawkins, la idea de que el azar es el rector principal del proceso sí es una idea esencial a la teoría, no sólo para quien la fundara, el propio Darwin, sino que lo ha seguido siendo siempre hasta tiempos muy recientes para sus más conspicuos partidarios como el propio Ernst Mayr, uno de los defensores más enconados de tal idea al oponer sistemáticamente la idea de azar a la idea de designio o finalidad. Mayr va incluso más allá al sostener que el azar juega también un papel determinante en el evento de extinción de determinados individuos y la supervivencia de otros.

Pero la pretensión de Dawkins de relegar la importancia del azar y subrayar el papel predominante de la selección natural en el proceso evolutivo no es una mera intuición casual. Como él mismo señala en su célebre libro “El relojero ciego” la complejidad de los seres vivos es de tal naturaleza que contradice la simple idea de azar como causante de la misma, por lo que si alguien defiende o asocia el darwinismo a un proceso puramente casual entonces el darwinismo quedaría fácilmente rebatido. No podemos estar más de acuerdo con estas palabras. Lo que Dawkins pretende ocultar sin embargo, es que el darwinismo es, desde una perspectiva de la teoría del conocimiento, una teoría indisociablemente unida al principio del azar como “causa” (si es que esto es filosóficamente admisible) y justificación de la complejidad de la vida, por mucho que él pretenda interpretarlo de otro modo. Basta con leer los trabajos de Mayr, de Ayala, de Dobzhansky, en definitiva de los grandes científicos que han construido la teoría sintética moderna, para que la cuestión no pueda ser controvertida.

Dawkins, con su proverbial facilidad dialéctica y dotes de convicción, argumenta acaloradamente en su libro algo que se ha ido convirtiendo poco a poco en una reivindicación irrenunciable entre los darwinistas: la idea de que todo el proceso evolutivo y su increíble capacidad para la creación de formas nuevas y de mayor complejidad que sus predecesoras se sostiene gracias a una “fuerza creadora” que no es otra que la selección natural. Este recurso a la selección natural como el factor capaz de justificar la apariencia de diseño, nos ha sido presentado durante décadas como un hallazgo maravilloso, como una de las mayores hazañas intelectuales de la historia de la Humanidad. El recurso a la selección natural se ha ido consolidando por pura necesidad ante la imposibilidad de justificar que el mero azar fuese capaz de dar cuenta de la complejidad integradora de los procesos de la vida capaces de componer, si la hipótesis evolutiva fuese cierta, a partir de simples bacterias, organismos de la complejidad de un elefante o una ballena.

Dawkins, en representación de una gran parte del movimiento darwinista, sostiene en su libro, sin atisbo de sonrojo, que por muy implicado que estuviese el azar en el origen de nuevas formas, la casualidad no es una solución plausible al enigma de su formación, y literalmente (no se lo pierdan), que “no hay un biólogo en su sano juicio que haya sugerido nunca que lo sea”. Estas palabras de Dawkins significan demasiadas cosas para que puedan pasar inadvertidas. De momento, que evidentemente su libro no ha sido concebido para profesionales y científicos sino para un público más generalista de cuyo incompleto conocimiento de la cuestión pretende el autor sacar partido. Significan también que la teoría de la evolución tal como fue concebida por su creador Charles Darwin y tal como ha sido defendida por los grandes apóstoles del darwinismo, incluidos Jacques Monod, Mayr, Dobzhansky, el propio Dawkins y tantos otros, se enfrenta a una crisis de identidad irreversible.

Download PDF

4 Respuestas para Darwin, los darwinistas y el azar

  1. Claro, claro, por eso los algoritmos genéticos usados en ingenieria y que son una réplica del proceso evolutivo (azar + selección) funcionan tan bien. ¿verdad?

  2. Funcionan porque un programador (inteligente) usa un ordenador (diseñado) para que cumplimente ciertos deseos (finalidades).
    ¿Cual es la probabilidad de que una aplicación dañada por un virus se recomponga por azar?: ninguna. ¿Y la de restaurarse mediante una aplicación diseñada inteligentemente): 100%.
    El azar no es ninguna causa, mas bien es una ausencia de explicación, que satisface tan sólo a los que han decidido rechazar a Dios en libre decisión existencial.

  3. Es lamentable que todavía se insista en interpretar resultados, avances e incluso hipótesis científicas con objeto de sustentar escatologías o diseñar teleologías ad-hoc. Ni los modelos deterministas ni aleatorios, ni su combinación, conducen a conclusión alguna respecto de finalidades o causas “primas”. Eso es antropomorfismo. Mil años de escolástica fueron más que suficientes. Aparentemente hay individuos que todavía piensan que el sol gira en torno a la tierra. Quien quiera buscar al “demiurgo inteligente” en estos resultados, puede hacerlo, pero eso no es ciencia, es opinión, fe o como quieran denominarlo.

  4. Marco,

    La existencia de una finalidad inmanente en los seres vivos es un dato de la realidad reconocido por los filósofos de todos los tiempos desde Aristóteles hasta nuestros días pasando (especialmente) por Kant. Lo paradójico es que la teoría “científica” (el darwinismo) que se nos presenta como la “prueba” de la inexistencia de teleología (diseño sin diseñador) se sustenta precisamente en la idea puramente teleológica de la lucha por la vida de los seres vivos.
    El problema para los modelos naturalistas es que nunca han sido capaces de integrar este dato de la realidad (la teleología) en sus modelos; da ahí la famosa aporía Kantiana nunca resuelta en términos naturalistas.
    Por supuesto esto no es un discurso escatológico, por favor, vale ya de confundir posiciones, el recurso manido de la falta de argumentos ya aburre.
    Claro que desde la irrupción del mecanicismo la ciencia se desentendió de las perspectivas formal y final de causalidad y se concentró en las causas eficientes. Lo cual está muy bien, pero eso no quiere decir que no existan causas formales o finales, simplemente quiere decir que la ciencia no se ocupa de ellas. Pretender que no existe aquello que no queremos observar es un ejercicio de auto-amputación intelectual poco recomendable.

Deje una respuesta

Leer entrada anterior
El nuevo y desconcertante premio de la Fundación Templeton

Por Felipe Aizpún Hace pocos días comentábamos las dificultades de los responsables de la Fundación Templeton para hacerse respetar y...

Cerrar