Claus Emmeche: definiendo la Vida como un fenómeno Semiótico

Felipe Aizpun

Claus Emmeche es un biólogo danés con profunda vocación filosófica, con una buena colección de trabajos y libros publicados tanto en danés como en inglés y con interés en cuestiones tanto estrictamente científicas (la morfogénesis o la evolución de sistemas complejos) como en cuestiones en el ámbito de la filosofía de la ciencia y más específicamente de la filosofía de la biología. Emmeche forma parte de la escuela escandinava de biosemiótica que incluye a autores como Hoffmeyer, Jämsä y acoge al biólogo italiano Marcello Barbieri y que han impulsado una aproximación al concepto de la vida desde la perspectiva de la existencia de procesos semióticos como dato relevante de todos los organismos vivos.

Definir qué es la vida es un ejercicio intelectual inacabado; muchas son las perspectivas y las opiniones sobre los elementos claves que constituyen lo esencial del acto de vivir o definen la naturaleza de los seres vivos. Los partidarios de la perspectiva semiótica ponen el énfasis en la existencia de procesos semióticos como una condición indispensable para sustentar la dinámica (la agencia) propia de los vivientes. Revisando un trabajo de Emmeche de 1998 titulado “Defining Life as a Semiotic Phenomenon” encontramos reflexiones de plena actualidad.

Definir la vida no es en definitiva sino constreñir el concepto de lo viviente en un esquema conceptual determinado con objeto de poder abordar científicamente los esfuerzos para su comprensión. Definirla como un fenómeno semiótico es entenderla como un evento relacionado con una dinámica sustentada en la existencia de información transmitida a través de signos que deben ser interpretados y que provocan respuestas específicas de un agente. La perspectiva semiótica no es en definitiva nada alejado de la más ampliamente comprendida y utilizada perspectiva informacional. La semiosis es el proceso de interpretación de la información contenida en un sistema simbólico material, e implica la existencia de códigos o relaciones unívocas arbitrarias que dirigen los procesos de la vida más allá de la mera determinación físico-química.

La biosemiótica es también un concepto estrechamente relacionado con la biocibernética que constituye el eje de los trabajos del profesor David Abel. La existencia de información prescriptiva encierra sus instrucciones en símbolos que, para su ejecución, dependen de procesos semióticos ejecutados en el seno de la célula. Abel se ha enfrentado también al rompecabezas de la definición de la vida y nos ha propuesto en su último trabajo “Is Life Unique?” hasta 9 características o propiedades que considera imprescindibles para que un organismo pueda ser reconocido como un ser vivo. Entre ellas, una es precisamente lo que define el carácter semiótico de un sistema: “codificar y comunicar mensajes funcionales simbólicamente a través de un canal de comunicación a un mecanismo destinatario/receptor/ decodificador/ejecutor”.

Emmeche en su artículo mencionado nos ofrece la biosemiótica como un paradigma alternativo para la filosofía de la biología, una invitación a pensar la vida no tanto desde el punto de vista de la organización de las moléculas como de la comunicación de signos en la Naturaleza y su interpretación por diferentes agentes semióticos en todas las escalas de la vida. Cualquiera que sea el valor heurístico de esta aproximación, y al margen de si debe ser considerada como un paradigma alternativo para la biología teórica o meramente como una reflexión meta-teórica, lo cierto es que la semiótica se ha convertido en un marco de interpretación y comprensión de una gran cantidad de nuevos descubrimientos aportados por la observación experimental en relación al funcionamiento de la célula, desde la enorme cantidad de funciones reguladoras del genoma, el descubrimiento de un número creciente de códigos y memorias orgánicas, hasta el papel innegablemente regulador y prescriptor de la información analógica y epigenética contenida en el interior de la célula y que asume el gobierno de los procesos de ejecución de la información contenida en el genoma.

La semiótica es una aproximación problemática a la realidad de los seres vivos. No porque resulte difícil de entender o de encajar en las observaciones del comportamiento de los vivientes; todo lo contrario. Es problemática precisamente porque esa ajustada descripción de la realidad que supone levanta inevitablemente preguntas muy incómodas. Todo proceso semiótico implica la existencia de una realidad formal que trasciende los límites de una descripción puramente fisicalista de los eventos, y dicho formalismo exige una explicación para su emergencia. En palabras de Emmeche, una visión semiótica de la vida parece implicar que la información (signos y significado) es una realidad primaria, mientras que los organismos, el metabolismo y la replicación son realidades secundarias en el proceso semiótico. Esta perspectiva resulta complicada de encajar en un modelo naturalista que Emmeche en ningún momento pretende desafiar; por eso se limita a señalar “respetuosamente” que, dado que la emergencia espontánea de funciones simbólicas en un sistema puramente físico no es algo de lo que tengamos “evidencias convincentes” esta teoría deberá confiar su aceptación a la futura comprensión en términos biológicos del origen de la vida (que dicho sea de paso Emmeche puede seguir esperando, mejor sentado).

La vida biológica (valga la aparente redundancia) es esencialmente funcional, es decir, es un fenómeno organizado sobre la mutua dependencia de partes (que no están vivas en sí mismas, como las moléculas, un azúcar, unas proteínas) y el sistema resultante de esa interacción (el todo), que sí está vivo. Lo que hay que saber es cuál es la naturaleza causal que soporta la relación entre las partes y el todo, y esta consideración implica discernir entre lo que es una causación ascendente (“upward causation”) y lo que es una causación descendente (“downward causation”). La causación ascendente implica la formación del todo como sistema a partir de las partes como una mera emergencia de funcionalidad derivada de una cierta disposición de las mismas. Es aquí donde resulta necesario explicar si tal evento es racionalmente verosímil en ausencia de una relación de naturaleza semiótica que implique la existencia de símbolos y significados.

En el caso de la célula, la complejidad biológica está sustentada en la funcionalidad de una cantidad enorme de proteínas que son conformadas a partir de la información prescriptiva contenida en su genoma. La célula es la unidad semiótica por excelencia, y como tal, nos dice Emmeche, origina también, en una causalidad descendente, una más ordenada distribución de materiales y moléculas de muy diversos tipos. La perspectiva semiótica es inseparable de la idea de causación descendente, es decir, de alguna forma de causalidad que desde el todo, a través de la información prescriptiva, determine a las partes en su constitución y funcionalidad. Y ese tipo de causalidad (nos dice Emmeche) supone, en definitiva, la recuperación de perspectivas propias de la metafísica tradicional consagradas desde la época de Aristóteles, la causa formal y la causa final. La causalidad descendente es, por tanto, un problema para cualquier ontología que contemple únicamente la existencia de causas eficientes.

Por supuesto, Emmeche, como no podía ser de otra forma, se apresura a tranquilizar nuestro sobresalto ante tales declaraciones y viene a decirnos que aunque la semiótica de alguna manera contradice la visión estrictamente científica de un Universo causalmente autocontenido, tampoco hay que pensar por ello que nos obligue a aceptar la existencia de una razón de causalidad que se impone “desde fuera” del propio Universo. Quizás el descubrimiento de nuevas leyes de auto-organización de la materia nos ayude a comprender el carácter normativo de lo viviente.

Vamos, que el significado y la existencia de una realidad formal que gobierna los procesos de la vida es “inescapable” pero que tampoco hay que preocuparse mucho por ello, es algo que está ahí, sin más, no saquemos las cosas de quicio…

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