Felipe Aizpun

may 042012
 

Felipe Aizpun Función de onda de un electrón de un átomo de hidrógeno

Los escritos de Massimo Pigliucci pocas veces decepcionan. No solamente es un pensador de gran talento si no que además tiene el buen tino de proponer cuestiones de interés actualizado y de reflexionar sobre aquellas cosas que verdaderamente importan y afectan a elementos esenciales del debate más importante que ocupa a nuestra clase intelectual: el debate sobre los orígenes y la justificación última de la realidad. Quisiera traer hoy a nuestra reflexión periódica un artículo reciente publicado en su blog “Rationally Speaking” bajo el título de “Acerca del reduccionismo fundamentalista”. Una de las características principales de sus posiciones es su comprensión de la naturaleza filosófica (y no únicamente científica, como quisieran muchos) del mencionado debate y la necesidad de una interconexión entre ambas disciplinas. Por eso manifiesta en el citado artículo la importancia de que los estudiosos de la metafísica entiendan y asuman los avances de la ciencia y en especial de la física moderna (algo que según Pigliucci es mucho menos habitual de lo que cabría esperar). No lo reclama de forma expresa, pero podría añadirse, la importancia de que los físicos comprendan la naturaleza y el peso de los condicionantes metafísicos de sus propuestas e interpretaciones de la realidad. Algo también menos habitual de lo deseable habida cuenta de la proliferación de iluminados en los últimos tiempos (véase el caso reciente de los libros de Hawking o Lawrence Krauss proclamando la posibilidad de explicar la emergencia del Universo a partir de la nada y despreciando de manera explícita el conocimiento filosófico). El propio Pigliucci se exaspera ante tamaño dislate como podemos ver aquí.

El artículo al que nos referimos, en torno al reduccionismo fundamentalista, trata de la incidencia de los descubrimientos de la física cuántica sobre el modelo de explicación de la realidad que ha venido imperando en los últimos tres siglos, desde el advenimiento de la modernidad y la Ilustración y las conclusiones comprometidas a que tales descubrimientos han llevado a algunos de nuestras más ilustres cabezas pensantes. Pero antes de comentar un asunto de cierta aridez como éste, vale la pena que hagamos una pequeña introducción teórica para mejor comprender el comentario de Pigliucci, y consecuentemente la crítica que del mismo resulta pertinente realizar.

La búsqueda y el avance en el conocimiento humano se desarrolla en el seno de un modelo explicativo de la realidad, y dicho modelo tiene necesariamente dos dimensiones que deben complementarse, una estrictamente científica que nos cuenta cómo son las cosas y cómo se comportan, y otra filosófica que nos presenta hipótesis sobre “qué” son esas cosas y nos intenta justificar su existencia y el sentido del cambio observado en dicha realidad.

Pues bien, el modelo científico heredado de la revolución intelectual de los últimos siglos no es otro que el modelo iniciado por Galileo y consagrado por la mecánica de Newton. Básicamente viene a explicarnos el mundo como un gran mecanismo gobernado de forma determinista por leyes inamovibles. El estado inicial, cualquiera que fuese su origen o causa, implica la existencia de una base material elemental (es esencialmente atomista) y dicha materia fundamental tendría la capacidad de agruparse bajo el gobierno de las mencionadas fuerzas naturales para conformar las entidades corpóreas conocidas. Cada evento determinista podría ser predicho conocidas las circunstancias inmediatamente anteriores. Un estado inicial, y las leyes naturales, constituyen la referencia explicativa suficiente de todo lo existente. Continúe leyendo »

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abr 302012
 

Felipe Aizpun

Que James Shapiro es un biólogo con talento y de sólida experiencia y conocimientos en su campo profesional es indudable. Sus aportaciones de los últimos años, dentro de una perspectiva naturalista, han sido enormemente críticas con el paradigma dominante. Sus prejuicios filosóficos, sin embargo, le han llevado siempre a defender posiciones de rechazo a cualquier planteamiento que reivindique la necesidad de una justificación racional y teleológica al proceso de emergencia y evolución de los seres vivos. En un reciente artículo en “The Huffington Post” Shapiro se presta, a petición de un comunicante, a dar las recetas apropiadas para combatir la ola creacionista que parece amenazar a los Estados Unidos.

El comentario tiene su origen en la sucesión de normativas que, poco a poco, en diferentes Estados norteamericanos van proclamando el derecho a educar a los jóvenes en un espíritu crítico en relación al dogma del evolucionismo darwinista (y otras cuestiones científicas controvertidas como por ejemplo el calentamiento global antropogénico). “Teach de Controversy” se ha convertido en un slogan que no pide sino el derecho a no ser adoctrinado de forma inmisericorde en una teoría puramente especulativa y carente de un soporte empírico suficiente y que ha venido imponiéndose durante décadas en la enseñanza pública y privada de más de medio mundo. Dichas leyes, como la recientemente aprobada en el estado de Tennessee (no sin amplia polémica) no buscan otra cosa que el respeto para poder hacer pública la existencia de una amplia controversia científica en torno a la teoría darwinista de la evolución.

No es de extrañar, tal como están las cosas, que la aprobación de tales leyes, que en absoluto autorizan a modificar el contenido de las materias aprobadas en el curriculum oficial, ni mucho menos a introducir perspectivas religiosas o creacionistas, ni por supuesto tampoco (faltaría más!) a enseñar las teorías del Diseño Inteligente, haya sido presentada como un ataque a la salud mental de los alumnos, a su correcta formación o a su derecho a acceder a un conocimiento verdadero. El comunicante de Shapiro se permite falsear la realidad afirmando gratuitamente, (y sin que Shapiro se moleste en corregirle) lo que no es sino una burda falsedad:

Vivo en un estado que acaba de aprobar leyes para “enseñar la controversia” en relación a ciencias que son controvertidas pero que es, como resulta más que obvio, un medio para introducir en las clases la idea de creación especial o la geología del diluvio y otras hipótesis similares carentes de valor intelectual.

Cualquier lector con un mínimo de cultura puede valorar por sí mismo la ignominiosa falsedad de tal afirmación leyendo el texto íntegro (apenas un par de páginas) de la norma aprobada aquí. Continúe leyendo »

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abr 272012
 

Felipe Aizpun

Uno de los fallos críticos de la llamada Síntesis Moderna es el desprecio o la no inclusión en su modelo de los datos relativos a la embriología como disciplina esencial en el conocimiento biológico. Desde la publicación de la obra de T.H. Morgan “The Theory of the Gene” (1926) que consagró la diferencia entre genética y desarrollo, la embriología quedó relegada fuera del ámbito de los estudios filogenéticos. Se consideró que la genética se ocupaba del estudio de los caracteres y condiciones de la herencia mientras que la embriología, por referirse únicamente a los mecanismos de expresión de dichos caracteres, no necesitaba ser objeto de atención por parte de los teóricos del evolucionismo.

No ha sido hasta finales del pasado siglo que los trabajos de autores como Gould, Raff, Kaufman,o el valenciano Pere Alberch han desvelado la inexcusable necesidad de acometer una revisión de la moderna teoría de la evolución que pueda acomodar el avance imparable de los conocimientos en embriología. Como señala Pigliucci en su trabajo “Genotype-phenotype mapping and the end of the genes-as-blueprint metaphor” el problema de la causación genotipo-fenotipo del que ya nos hemos ocupado en estas páginas en diversas ocasiones es crítico para cualquier teoría evolutiva. No podemos justificar la aparición de nuevas formas novedosas desde un modelo que desconozca todos los misterios del proceso de generación del fenotipo a partir de los diferentes estratos de información genética y epigenética que regulan el proceso de desarrollo de un organismo vivo. La disciplina conocida como Evo-Devo, o evolución del desarrollo, se ha consolidado en las últimas décadas como una disciplina fundamental que necesita ser encajada en cualquier paradigma evolucionista que aspire a perdurar. Dos son los objetivos principales de estudio para esta disciplina ya firmemente asentada como un área autónoma de la ciencia biológica, la explicación de las innovaciones evolutivas y la evolución de los planes corporales.

El impacto de los conocimientos aportados por esta disciplina sobre el modelo tradicional de la evolución darwinista ha sido juzgado de forma desigual por los autores. Para quienes abogan por el carácter dogmático e inapelable del modelo las aportaciones apenas resultan comprometedoras. Así lo defienden por ejemplo Hoekstra y Jerry Coyne en su conocido trabajo de 2007 “The locus of evolution: evo devo and the genetics of adaptation”. En este trabajo los autores discuten la afirmación principal de la biología del desarrollo de que las variaciones adaptativas que afectan a la morfología de los organismos tienen lugar de manera principal sobre las secciones reguladoras de los genes y no sobre las secciones codificadoras de las proteínas. Defienden que las mutaciones adaptativas bien pueden incidir en ambas regiones del genoma pero mantienen la predominancia en las mismas del carácter estructural sobre el regulador.

Para otros autores sin embargo, el avance de la disciplina conocida como Evo-Devo representa de manera definitiva un desafío insalvable para el paradigma contemporáneo. Así lo expone por ejemplo Lindsay Craig en su trabajo de 2010 “The so called Extended Synthesis and Population Genetics”. Craig coincide aquí con la opinión de otros afamados autores del espectro evolucionista como el filósofo de la ciencia William Provine en considerar que el análisis que se deriva de los trabajos recogidos por Pigliucci en su “The Extended Synthesis” deben ser considerados como un cambio radical de perspectiva. El argumento principal de Craig sugiere que los nuevos datos obtenidos por la investigación sobre los procesos de desarrollo embrionario resultan incompatibles con las formulaciones de la teoría evolutiva que descansa en los viejos moldes de la genética de poblaciones tradicional.

Sea como fuere, lo que resulta innegable es que los nuevos conocimientos exigen una revisión profunda de los conceptos esenciales sobre los que ha descansado tradicionalmente el modelo evolucionista mayoritariamente aceptado. La idea de la genética como una simple acumulación de rasgos, como las cuentas enlazadas de un collar, y la consiguiente concepción de la información genética así entendida como un “blueprint”, una especie de plano descriptivo del organismo biológico, han quedado definitivamente obsoletas. Como hemos señalado en otras ocasiones el propio concepto de gen como unidad de causación ha resultado ser una quimera imposible de concretar. Para muchos la idea de gen debería de ser limitada al ARN mensajero una vez transcrito y editado, para otros debería ser identificado con el conjunto de secciones codificadoras más las secciones reguladoras; para otros simplemente la idea de unidad “ejecutante” debe de ser renovada y olvidando el carácter supuestamente prescriptivo de la secuencia del genoma tradicionalmente identificada como gen, debemos cambiar la perspectiva hacia el reconocimiento de la célula en su conjunto como única unidad o agente ejecutante de los procesos de la vida.

Cada vez resulta así más evidente que el papel tradicional del gen en dichos procesos es mucho menos determinante de lo que habíamos venido considerando y que la información prescriptiva contenida en las secuencias lineales del genoma no es otra cosa que un depósito inerte de recursos potenciales que deben ser utilizados para su expresión por parte del conjunto de la maquinaria celular de acuerdo con criterios que Denis Noble considerara encriptados en la “información analógica” celular. No solamente eso; el proceso de desarrollo embrionario nos muestra cómo el misterio de la forma biológica y de su exacta y específica ejecución descansa en último extremo, más allá de los procesos reguladores de los genes hox, en mecanismos epigenéticos de regulación de la expresión de los genes. Hemos abandonado por lo tanto ya la idea del genoma como “blueprint” y nos encontramos camino de ir abandonando la segunda de las metáforas tradicionales, la idea del genoma como un programa informático, como un soft-ware  ejecutado por el hard-ware de la maquinaria celular que es responsable único de la forma biológica.

La información prescriptiva que genera la forma biológica concreta se encuentra dispersa de manera difícil de identificar en el conjunto de la célula que queda configurada como una unidad indivisible, como una unidad irreduciblemente compleja si se me permite la expresión, que queda convertida en el “sujeto” agente elemental de los procesos biológicos. Como describe Richard C. Francis en su reciente y muy interesante libro “Epigenetics, The Ultimate Mystery of Inheritance”:

La función ejecutiva reside a nivel celular, no puede ser localizada en sus componentes. Los genes funcionan como recursos materiales para la célula. Pero más fundamentalmente la “decisión” de qué genes van a involucrarse en la producción de proteínas en un momento dado en el tiempo es una función de la célula no de los genes mismos. Esto es, la regulación de los genes es una actividad celular. Continúe leyendo »

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abr 242012
 

Felipe Aizpun

La idea de azar es un concepto esencial en el discurso darwinista y tiene innegables connotaciones filosóficas. Como concepto de difícil precisión y de contenido semántico esquivo, ha dado lugar a un interesante intercambio en las páginas de www.evolutionnews.org en los primeros días de este mes de Abril entre los filósofos Alvin Platinga y Jay Richards, lo que nos da pie a algunos comentarios.

El azar como causa aparece en la literatura darwinista de la mano del autor de “El origen de las especies” como un mero recurso retórico para justificar la emergencia de las variaciones observables en la Naturaleza en los procesos de reproducción de los seres vivos. Para Darwin, el azar no tenía mayor significado que la ignorancia de la causa real de tal emergencia; decía que las variaciones se producen de manera fortuita con el único propósito de significar el desconocimiento de la existencia de una causa concreta, si bien es cierto, que en todo momento su intención sería consagrar la teoría de un proceso evolutivo no guiado por otro principio rector que la “mano invisible” de la selección natural.

A lo largo del siglo XX la exaltación de la fe darwinista fue consagrando poco a poco la idea de azar como principio explicativo del proceso evolutivo hasta elevarlo a la categoría metafísica de causa. Tal es el caso por ejemplo de la obra de Jacques Monod, “Azar y Necesidad”:

“…las mutaciones en el DNA son accidentales, que ocurren por casualidad. Y puesto que son la única fuente posible de la modificación genética del DNA como depositario de las estructuras hereditarias del organismo, se sigue necesariamente que sólo el azar es la base de nueva información genética en todo el mundo de la vida. El azar, único, absolutamente libre pero ciego, es la raíz misma del edificio de la evolución”

Pero los excesos nunca son buenos, y este tipo de afirmaciones carecen por complete de rigor intelectual, el azar no tiene realidad ontológica alguna, el azar no puede ser nunca exhibido como un principio causal. El azar no es otra cosa que la invocación de la ausencia de causa, en contradicción con el discurso lógico más elemental. Es por eso que los darwinistas se han visto en la necesidad de ofrecer justificaciones algo más elaboradas sobre el tema. Así por ejemplo Richard Dawkins nos ha dejado reflexiones sonrojantes proclamando en su infausto “The God Delusion” que nunca un biólogo serio había pretendido que el azar fuese la causa de la emergencia de las novedades biológicas y que el honor de tal responsabilidad recaería exclusivamente en la socorrida y vacua idea de la selección natural. La pena es que el propio Darwin en el capítulo 4 de su obra magna dice exactamente lo contrario, pero no es para preocuparse porque en realidad el libro original del gran Darwin no es lectura habitual de las masas a las que Dawkins dirige normalmente sus peroratas. Continúe leyendo »

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