Aclarando conceptos: el Diseño Inteligente, la Religión, el Creacionismo y lo Sobrenatural – Parte III

Por Felipe Aizpún

3. El Diseño Inteligente y lo Sobrenatural

El término “sobrenatural” es un término de innegables reminiscencias religiosas. Sin embargo, el discurso puramente racional precisa de conceptos y de términos de los que servirse para construir sus propuestas y no es descartable, que las intuiciones que apuntan a una causalidad inteligente en la Naturaleza nos lleven a considerar la conveniencia de su utilización.

Sobrenatural es aquello que trasciende el ámbito de lo natural; según el Diccionario de la Real Academia, que excede los límites de la Naturaleza. Para poder discernir si tal concepto tiene cabida en el discurso racional debemos empezar por acotar el ámbito de la realidad descriptible como natural. Tradicionalmente se viene asumiendo que el ámbito de lo natural es el propio de la realidad material (materia y energía) y de las leyes que lo gobiernan. En último extremo las cuatro fuerzas físicas que someten la realidad material al imperio de sus constricciones y las leyes químicas que de las mismas se derivan.

Sin embargo, cada vez de forma más inevitable, el ámbito de lo natural tiene que hacer sitio a un aspecto de la realidad que se nos hace evidente a través del conocimiento científico sin ser estrictamente una entidad material: me refiero a la información como realidad detectable y verificable, a la existencia de signos y significados en el seno de las formas vivas. La información no se pesa ni se mide, no tiene color ni temperatura, elude toda dimensión y no puede ser aprehendida por herramienta de precisión alguna. Pero su presencia silenciosa y determinante resulta imprescindible para justificar la existencia de los seres vivos. La vida es principalmente información y el proceso de reproducción y perpetuación de la vida no es en última instancia otra cosa que un proceso de replicación y determinación de la materia a partir de la información prescriptiva contenida en sede genética. La información está ahí y es un componente más de la realidad natural en la medida en que puede ser percibida racionalmente, no como una metáfora, sino como un dato consistente.

El diseño y la información van de la mano. Un ser vivo es una estructura biológica funcional, materia conformada según un esquema de organización intrínseca de naturaleza eminentemente formal. La información es la realidad formal que precede y prescribe a la materia, la causa formal del ser vivo, algo así como el receptáculo de la concepción ideal de cada forma biológica concreta. Pero si bien vamos aceptando la existencia de la información como una realidad más en el ámbito de lo natural, su origen y su emergencia necesitan ser justificados ya que es una realidad que aparece en el tiempo, junto con la vida misma, junto con cada una de las especies que han ido apareciendo a lo largo de los millones de años de cambio y evolución de los seres vivos en nuestro planeta. No es una cualidad emergente de la materia y la energía, no es una interacción de ambas. Necesita ser explicada de forma independiente.

El diseño es un concepto detectable científicamente y desde luego, y en la medida en que lo concebimos como “inteligente”, la teoría del DI apunta a la existencia de un diseñador. La información es la herramienta de la que se sirve el diseñador para perpetuar el modelo, para convertir los procesos de la vida en una reconstrucción permanente de modelos ideales encriptados en la información genética. Lo que procede es reflexionar sobre los límites de lo natural y la naturaleza del diseñador inteligente cuya agencia hemos inferido a partir del conocimiento de la realidad.

Para muchos autores del DI la huella de diseño y la inferencia de un diseñador no precisan de ulteriores elaboraciones racionales en el entendimiento de que no debe traspasarse los límites del discurso estrictamente científico. Algunos han llegado a aceptar como legítima la posibilidad de una inteligencia extraterrestre como causa del diseño percibido con objeto de evitar la descalificación habitual de sus propuestas. Sin embargo, mantenerse en los límites de la materialidad como causa del diseño tiene dos problemas importantes. El primero es que una inteligencia de un ser extraterrestre significaría remontarse a un ser más complejo que la realidad que queremos explicar, lo que en sí mismo exigiría una explicación de su complejidad, y ese discurso nos lleva a la consabida serie infinita de remisiones causales. La segunda es que en realidad no es el diseño lo que se trata de explicar sino la emergencia de la cosa diseñada. Las causas eficientes, finales, formales, materiales, no son principios diferentes de causalidad, sino perspectivas complementarias de un mismo principio causal. La causa a la que apunta la detección de diseño en la cosa diseñada deberá ser responsable de su existencia y de su advenimiento al ser, no únicamente de su armonía, su funcionalidad o su belleza. La causa diseñadora deberá ser dominante con relación a la materialidad que soporta el diseño, no puede ser al mismo tiempo una forma concreta más de dicha materialidad ya que no puede conformarse a sí misma.

Por eso, la reflexión metafísica nos lleva, en mi opinión personal, al encuentro de Aristóteles y a su concepto de una Primera Causa, de un ser infinito, inmaterial, simplicísimo, eterno, incorruptible, razón de ser de sí mismo. Esto por supuesto, puede perfectamente entenderse como el territorio de lo sobrenatural, como aquello que desde fuera del Universo material que conocemos, se nos hace presente como maestro y dominador de la Naturaleza y de sus leyes. Lo sobrenatural es, por lo tanto, en la metafísica tradicional, un concepto legítimo que se nos hace preciso para explicar una realidad (lo natural) que concebimos como incapaz de dar cuenta de sí misma. No se trata en absoluto de un concepto religioso ya que no procede desde fuera del discurso racional sino que surge como fruto de la búsqueda del conocimiento racional y de la comprensión inteligible de este mundo.

Sin embargo el discurso del DI, de acuerdo con los principios generalmente aceptados por sus autores y tal como antes adelantábamos, se detiene mucho antes de llegar a esta reflexión de carácter puramente filosófico. Es convención generalizada que la detección del diseño y la inferencia de una causa inteligente constituyen por sí mismos argumentos suficientes para oponer al materialismo dominante. Cada cuál puede perfectamente llevar su curiosidad intelectual y sus ansias de respuestas al límite de lo racional o simplemente asentarse en conclusiones, si no definitivas, al menos sí razonablemente consistentes.

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