Aclarando conceptos: el Diseño Inteligente, la Religión, el Creacionismo y lo Sobrenatural – Parte II

Por Felipe Aizpún

2. El Diseño Inteligente y el Creacionismo

Creacionismo: terrible epíteto. Es habitual que muchos detractores del DI utilicen la expresión “Diseño Inteligente-creacionismo” como un término compuesto e indisociable, por supuesto con intención descalificadora, pretendiendo dejar claro que el discurso del DI es por su propia esencia y de forma inevitable, un discurso de naturaleza a-racional. Se entiende habitualmente por creacionismo una corriente de pensamiento que reivindica la capacidad de los textos sagrados para darnos explicaciones de la realidad a partir de interpretaciones literales de los mismos. A veces, estas explicaciones no solamente se refieren a verdades trascendentes que quedan fuera del alcance de nuestra capacidad racional de conocer sino que incluso se refieren a hechos o circunstancias verificables por la ciencia o al menos objeto de estudio científico, surge así la idea de “ciencia creacionista”.

El creacionismo es un concepto complejo, lleno de aristas y  perspectivas que, si queremos navegar en el mar proceloso del debate sobre los orígenes, debe ser estudiado con detenimiento. Una de las primeras aclaraciones imprescindibles es que, la expresión “ciencia creacionista” que se utiliza con cierta frecuencia es un perfecto oxímoron, ya que, por su propia naturaleza, ciencia y creación son ámbitos independientes que no pueden encontrarse. La ciencia es el estudio de la realidad material en su conformación esencial y en su devenir y movimiento de acuerdo con las leyes naturales que rigen el comos. La ciencia se ocupa de todo aquello que puede ser experimentado y verificado a través de la experiencia sensible, así como de la racionalización de dichas experiencias en el ámbito de las leyes naturales verificadamente vigentes. El término creación supone por el contrario la emergencia al ser de algo previamente inexistente como consecuencia del acto creador de un agente, al margen de procesos y leyes naturales conocidos. Algo, que de ocurrir en algún momento, escaparía al ámbito de análisis de la ciencia, por quedar fuera del objeto que la actividad científica puede abarcar. A veces se puede leer referencias a la ciencia creacionista como una pseudo-ciencia, y se pretende que muchas de las críticas al modelo evolucionista formarían parte de este discurso fraudulento pretendidamente científico. Se trataría así de acuñar un término estigmatizador (creacionista) como un subterfugio más de defensa y descrédito de las opiniones discrepantes ya que no existe ni puede existir disciplina científica alguna merecedora de tal calificativo.

Sin embargo el hecho de que la ciencia no pueda contemplar el acto creativo como un objeto propio de su estudio no quiere decir que la posibilidad de un evento tal sea una propuesta irracional, ya que en el ámbito del conocimiento racional, del que el conocimiento científico es sólo una parte, puede caber la inferencia metafísica del acto creador como posibilidad, de manera legítima. Ello es posible precisamente como consecuencia del propio avance en el conocimiento científico y de la incapacidad de la ciencia para obtener explicaciones suficientemente satisfactorias, en términos estrictamente naturalistas, que justifiquen la existencia de todo lo real. Sería importante concretar una definición precisa del término creación y establecer los límites de su sitio legítimo en el debate. La definición más expresiva que nos propone el diccionario para el término crear es “producir algo de la nada”, y de manera específica nos remite a la idea de Dios como el supuesto artífice del acto creativo. Naturalmente la idea de Dios no puede ser introducida en el discurso racional como un concepto sobreentendido, como si su demostración y su realidad no necesitasen justificación. Podemos pretender llegar a la idea filosófica de dios (con minúscula), es decir, de un primer motor o una primera causa, como Aristóteles, a través de la contemplación del cosmos y la Naturaleza, mediante la racionalización de nuestras observaciones; pero no podemos introducir a Dios como un dato previo en nuestras reflexiones. La creación por lo tanto no puede asimilarse a lo largo de este discurso al concepto tradicional de origen religioso, pero a efectos prácticos podríamos establecer como creacionismo toda propuesta que sugiere la necesidad de una causa externa al propio cosmos como origen necesario de la realidad material que conocemos o de alguna parte de ella. Se trata de una hipótesis metafísica, presentada por supuesto en términos de probabilidad y no de certeza, ofrecida como una inferencia a la mejor explicación basada en la complejidad, el orden y la apariencia de diseño y de finalidad  presentes en la Naturaleza.

Realmente, si así lo hacemos, estamos estableciendo la barrera esencial que marca la diferencia entre las dos concepciones de la realidad en conflicto: el materialismo naturalista por un lado y quienes defienden la insuficiencia de la causalidad natural (y desde el conocimiento científico más avanzado) para justificar el Universo material por sí mismo. Los partidarios del discurso materialista y ateo, defienden, no sólo la necesidad del naturalismo metodológico, es decir, la necesidad de que la ciencia se mueva siempre por el principio de búsqueda de soluciones naturalistas a los enigmas de la Naturaleza, sino que abrazan también el naturalismo ontológico, o sea, la presunción de que existen necesariamente soluciones naturalistas para todos los enigmas y de que las justificaciones de toda la realidad material han de encontrarse necesariamente en el ámbito del estudio propio de la ciencia, la experimentación y la racionalización de las observaciones en el marco de las leyes físicas que gobiernan el cosmos. Para el modelo materialista, la falta de soluciones concretas a los enigmas que nos sorprenden no puede nunca acogerse como prueba de la existencia de realidad extra-material alguna; las lagunas de nuestro conocimiento se irán rellenando con el tiempo y pretender  esgrimir nuestra ignorancia actual para reivindicar la existencia de realidades inmateriales causa de lo existente sería un acto de superstición irracional. Por otra parte la apariencia de diseño en la Naturaleza no sería sino un puro espejismo. En el ámbito de la biología la apariencia de diseño en la complejidad de los seres vivos quedaría superada merced a las teorías de Darwin en torno a la formación accidental de sistemas biológicos complejos fruto del error en la duplicación del material genético, la inmensidad del tiempo geológico y la dinámica del proceso de selección natural.

El creacionismo por tanto sería, entendido en sentido amplio, la doctrina o toda formulación o propuesta que considere necesaria una explicación o una justificación del Universo y la Naturaleza que vayan más allá de la propia realidad material conocida y las leyes que la rigen. El creacionismo puede ser una propuesta de tipo exclusivamente filosófico o puede ser una propuesta filosófica que surge a partir o como consecuencia del avance en el conocimiento científico, tal como lo propugna el movimiento del DI. Los filósofos de la antigua Grecia reflexionaron acerca de la realidad desde la base de un muy precario conocimiento científico pero desarrollaron poderosas intuiciones filosóficas. Parménides nos aportó la convicción de la necesidad de la existencia eterna del Ser, ya que, de la nada, nos dijo, nada puede surgir. Anaxágoras nos invitó a suponer la existencia de una inteligencia rectora y responsable del orden imperante en el cosmos. Aristóteles finalmente consolidó la intuición de un ser eterno, una inteligencia suprema, causa eficiente, razón de ser o primer motor de todo lo existente; una primera causa en la que nuestro mundo material contingente encontrara la justificación de su realidad, un ser que no era causado ni material ni finito ni corruptible, un ser eterno que tenía en sí mismo su razón de ser.

En realidad la idea del acto creador no formaba parte exactamente de las intuiciones de los filósofos griegos que percibían el Universo como un ente existente sin limitación temporal en el origen. El propio Santo Tomás de Aquino concedió que la idea de la creación era una idea eminentemente religiosa al amparo del conocimiento científico de su tiempo que no permitía albergar intuiciones en ese sentido. Sin embargo, el conocimiento científico contemporáneo nos enfrenta a la realidad del inicio del Universo en el tiempo y a la emergencia también en el tiempo de novedades como la vida y su proceso de aumento de su complejidad a través del tiempo. Todo ello, nos invita a introducir la intuición filosófica del acto creador en el proceso ante la imposibilidad de justificar tales acontecimientos desde una perspectiva exclusivamente naturalista.

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