“Programming of Life”: un libro de Donald E. Johnson sobre la Información y la Vida

Por Felipe Aizpún

Donald E. Johnson es titulado en Ciencias de la Información e Informática por la Universidad de Minnesota y en Químicas por la Universidad del Estado de Michigan. Autor de diversos libros y trabajos en torno al carácter informacional de los mecanismos esenciales de la vida, Johnson recoge en este último libro (Programming of Life, Big Mac Publishers, Alabama 2010) una visión actualizada de acuerdo con los conocimientos científicos más recientes, del misterio insondable de la información en los seres vivos.

Lo primero que es preciso comprender es que, como ya pusiera de manifiesto Schrödinger a mediados del pasado siglo en su célebre libro “What is Life”, la vida no puede ser descrita únicamente en términos de las leyes físico-químicas que gobiernan el mundo de la materia inanimada. El Nobel austríaco preconizaba entonces el descubrimiento de “nuevas leyes” necesarias para justificar la sorprendente dinámica de los organismos vivos. Hoy sabemos muchas cosas desconocidas por aquellos años; y en especial sabemos que la vida está imbuida de algo que hemos dado en llamar “información”.

Los organismos vivos contienen una realidad específica y propia que desencadena su actividad vital y la explica, y a esa característica que trasciende por completo el determinismo del mundo material la hemos asimilado al concepto intelectual y formal de la información producida por agentes racionales. Lo primero que debemos entender es que la vida es algo más que materia y energía: es materia “informada”. La información no es una interacción de la materia y la energía como algunos pretenden, ni tampoco un simple recuento de secuencias de nucleótidos apiñados en las moléculas de ADN de nuestro genoma. La información, a diferencia de la materia y la energía, es una realidad puramente formal pero perfectamente identificable. La información no es una sustancia susceptible de ser medida o pesada; se instala y se hace presente a través de la realidad material en el genoma de cada una de nuestras células, pero se impone por encima del sustrato material que la compone como un dato de la realidad que gobierna el comportamiento y actividad de la materia viva. La información no es una propiedad de la materia sino una realidad formal independiente. Por eso, todos los intentos llevados a cabo hasta el presente para entender y justificar la emergencia de la vida y su evolución, en la medida en que, como el neo-darwinismo tradicional, han dejado de lado los esfuerzos para intentar comprender y asumir en el seno del paradigma dominante esta realidad esencial, han terminado fracasando.

Johnson nos recuerda en su libro la necesidad de recurrir al enfoque de la vida como sistema semiótico (códigos y significados) y como sistema cibernético (control y gobierno de estructuras y sistemas funcionales) para poder entender su íntimo funcionamiento. El planteamiento que nos ofrece el autor es estrictamente científico. Podemos entender, nos dice el autor, que cualquier sistema cibernético artificialmente creado por el hombre exige un contenido informacional que prescriba su funcionamiento. Sin embargo, cuando de explicar la vida se trata, por motivos fundamentalmente metafísicos, mucha gente exige una explicación en términos puramente físico-químicos, y reivindica el azar y la necesidad, como explicación suficiente de tan compleja realidad.

Proclamar el formalismo como parte esencial de la realidad de lo vivo es un punto de partida imprescindible si queremos entender y desentrañar los misterios de la vida. Pero este formalismo, preciso es señalarlo, no supone una perspectiva “sobrenatural” sino un enfoque estrictamente racional. La idea de que el código genético que prescribe la síntesis proteica es un dato de la realidad resulta innegociable. Su carácter prescriptivo trasciende perfectamente el ámbito físico-químico del mundo material. Materia y energía, así como las leyes que determinan sus conexiones íntimas, son incapaces de justificar el carácter arbitrario del lenguaje genético, su correspondencia unívoca (bases y codones, con aminoácidos) que permite la construcción de los bloques de la vida, las proteínas.

Johnson pone de manifiesto la triple dimensión de la información en los seres vivos. Por un lado, en el sentido de la teoría tradicional de la información de Shannon, es decir, información como recuento específico de secuencias de bases, información como simple reducción de incertidumbre y como cálculo probabilística de ocurrencia. Por otro lado información funcional, es decir, secuencias de signos (en este caso los codones o agrupaciones de bases de tres en tres) capaces de determinar un significado biológico preciso. Por último, información de carácter prescriptivo, aquella que contiene no sólo un significado (información descriptiva) sino una serie de instrucciones capaces de explicar el proceso de construcción de un artefacto y hacer congruentemente nacer una estructura funcional inexistente previamente.

Si bien la idea de información se ha impuesto en el estudio de la vida a raíz del descubrimiento del código genético, aquel que codifica la construcción funcional de cadenas de aminoácidos (proteínas), hoy día se considera que existen hasta una veintena de funciones biológicas que operan bajo el control y el gobierno de diferentes códigos, todos ellos operando bajo reglas perfectamente arbitrarias, es decir, independientes del determinismo de las propiedades físico-químicas de la materia que interviene en el proceso. Todo ello sin olvidar el proceso biológico por excelencia de todo organismo multicelular: el maravilloso proceso del desarrollo embrionario que exige lógicamente un complejísimo control informacional, no sólo en términos de desarrollo de formas y estructuras biológicas concretas, sino también de su desarrollo coordinado en secuencias temporales absolutamente precisas y coordinadas. Un proceso cuya base de control informacional estamos todavía muy lejos de entender; justamente empezamos a atisbar a través del descubrimiento aún incipiente del contenido funcional y de gobierno en muchas de las secuencias no codificantes del genoma.

Pero la vida, como nos dice Johnson, no es solamente un misterio inabarcable en términos de complejidad de la información prescriptiva que la gobierna, además, la vida presenta una dimensión que la hace todavía más inaccesible a nuestra comprensión; no solamente contiene las instrucciones para la construcción del organismo biológico en cuestión sino que además contiene la maquinaria molecular capaz de, en ausencia de facultades cognitivas aparentes, interpretar y ejecutar el proyecto.

Estamos simplemente al comienzo de una era fascinante, una era en la que empezamos a comprender cuán alejados hemos estado hasta ahora de poder entender mínimamente la naturaleza de los procesos íntimos de la vida. Es el momento de confesar nuestra ignorancia y nuestra ridícula actitud de prepotencia intelectual que nos ha llevado durante siglo y medio a proclamar haber desvelado los secretos de la vida: una simple acumulación de variaciones fortuitas carentes de finalidad y guiadas por la selección natural. Libros como “Programming of life” resultan de enorme utilidad para hacernos comprender lo injustificado de tales planteamientos. El darwinismo tradicional no puede explicar el origen de las especies porque sencillamente no puede explicar el origen de esa otra realidad que forma parte esencial de la materia animada, la información.

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